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Cordobesa, licenciada en Filología Anglogermánica, María Martínez-Sagrera cuenta en Infancias rotas las consecuencias del estigma del abuso. Además de escritora, es teóloga. Con una prosa ágil y sutil, describe cómo el destino de distintas personas, sin nada en común, se une bajo la sombra de un mismo estigma. Un estigma que siempre deja huellas indelebles: el abuso.



—‘Infancias rotas’ narra tres historias de abusos sexuales infantiles. Curiosamente, en hogares felices. Al menos, aparentemente.

—Los abusos, lejos de darse en entornos marginales que nada tienen que ver con nuestra realidad, se dan muy cerca de nosotros, en cualquier entorno social, económico o cultural. Y el 65 por ciento, en el entorno intrafamiliar.

—Su novela está basada en hechos y datos reales. Es más, una de las historias está basada en una amiga suya, que le contó la historia veinte años después de conocerla. ¿Tan indeleble es la huella del abuso?

—Los abusos sexuales infantiles siempre dejan una huella que es imposible de borrar. Incluso personas que los han superado siempre van a tener momentos en que aparezcan interrumpiendo su ritmo vital. Por eso es tan importante detectarlos, tratarlos y hablarlos.

—En el libro habla también de abusos a bebés. ¿Cómo se detectan esos tratos cuando ni siquiera hay pruebas físicas? ¿Hasta ahí es capaz de llegar el ser humano?

—En bebés es muy difícil detectarlo si no hay abuso físico, pero con la información adecuada se podría identificar. Además, las madres tienen un sexto sentido con sus hijos. El problema es que no saben dónde ni a quién acudir.

—Dice usted: “Una de cada cinco niñas sufre abusos sexuales en España y, en el caso de los varones, uno de cada siete”. ¿No le parecen tasas demasiado altas para los tiempos que corren?

—Otro problema es la incredulidad de la sociedad. Si rechazamos los datos y rechazamos el problema, ¿quién buscará la solución y la salida de estos niños? Eso de “ojos que no ven, corazón que no siente” se aplica en los abusos a la perfección. Nos falta información pero también la rechazamos. Muchas personas se niegan a leer mi novela porque “no quieren saber nada de temas desagradables”.

—El silencio alimenta el tabú. Pero un abuso no tratado es imposible de superar. ¿Qué hacemos entonces?

—Afrontar con valentía que los abusos existen. Hablar del tema, hacerlo visible. Eso es lo que hago yo con Infancias rotas de una manera entretenida, porque entiendo que el lector huye de los dramas.

—Dice que el abuso sexual en la infancia no siempre va acompañado de contacto físico. Explíquese.

—Es el abusador el que busca una satisfacción sexual, por eso no tiene por qué haber contacto físico con el niño. Puede sentir placer viendo imágenes en Internet o, simplemente, saberse observado por un niño es lo que le pone. Ahí entra también un juego de poder y dominio sobre la voluntad y afectos del niño.

—No siempre es fácil detectar al abusador porque suele ser una persona seductora, agradable. ¿Cómo sería su retrato robot?

—Son personas inteligentes, empáticas, con una autoestima baja que disimulan bajo esa apariencia de seguridad. Son buenos estrategas que planifican o interrumpen el abuso para no ser identificados. Buscan el control del niño, no sólo la satisfacción sexual.

—El abuso sexual nadie lo justifica, pero es fácil mirar hacia otro lado. La Iglesia también lo hace. Usted es teóloga. ¿Cómo lo explica?

—Es muy grave pero hay que manejar los datos correctamente. Solo el 3 por ciento de los abusos lo cometen miembros de la Iglesia, que no la Iglesia. No es lo mismo. Es como decir que la familia abusa de los niños. Hay que tener cuidado con no confundir las instituciones con las personas.

—Pérdida de apetito o cambio brusco de carácter. Pero no debe ser tan fácil detectar en el comportamiento de los niños la herida del abuso.

—Hay muchos indicadores objetivos e identificables pero, por desconocimiento, no sabemos a qué se deben. Tendemos a buscar una explicación distinta a la real. En Infancias rotas aparecen dentro del relato muchos de ellos. Hago una llamada de atención a lo fácil que sería detectarlos y un guiño a cómo actuar.

—El 90 por ciento de los abusadores son hombres. Padres o padrastros, hermanos, tíos o abuelos. ¿Siempre en el entorno familiar?

—Como decía, el 65 por ciento dentro del entorno familiar, el 20 por ciento corresponde a personas que gozan de la confianza de la familia y, por eso, de fácil acceso a los niños y solo el resto serían desconocidos.

—Destaca usted un dato que me parece abrumador. El 25 por ciento de los niños varones que han sufrido abusos serán abusadores. La pescadilla que se muerde la cola.

—Pero si se identifica el abuso y se trata adecuadamente al niño volverá a confiar en las personas, el amor y el perdón. Un niño sanado no tiene la necesidad de hacer daño. Infancias rotas es una novela entretenida pero con un tono optimista y de esperanza que aporta una salida a situaciones desesperadas.

—Ha buscado en esta novela el gancho para tratar un tema que genera rechazo, tolerancia cero. ¿Algún día seremos capaces de hacer frente a este mal? ¿Dígame cómo?

—Insisto, formación, campañas de sensibilidad, visibilizar el tema. Hay que concienciar a la sociedad que los abusos son reales y frecuentes. Todos tenemos parte en esta tarea: yo, como escritora, escribiendo una novela cercana que ayude a eliminar el tabú; los profesionales del entorno infantil, sabiendo detectar a tiempo un abuso y actuando adecuadamente; un periodista, dando voz al grito silencioso de los niños; y, el resto, prestando oídos.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

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