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  • 3.8.18
No solo tiene cáncer sino que, además, tiene que tirar de un parásito: su marido. Cuando hoy esa señora que cubría su cabeza con un pañuelo rosa y venía de la quimioterapia me contaba en el metro su vida, he sentido la rabia corriendo por mis venas. Su marido lleva años sin hacerle el menor caso y se emborracha cada dos por tres.



Son dos extraños que viven bajo un mismo techo. Ella, sometida al yugo de una educación machista, sigue haciéndole la comida y limpiándole la mierda que genera, aunque con uno de sus brazos no debería cargar ningún peso.

Ella, una persona buena, que se merecería tener una mano amiga que la ayude, continúa haciendo de criada. Mejor dicho: de esclava. No piensa dejarlo: le da pena. ¡Pena que no dirija su mirada hacia ella misma! ¡Que no sea capaz de verse, de escuchar su cuerpo y darle descanso!

En esta lucha está sola y, por si fuera poco, carga con una piedra atada al cuello que la va hundiendo. Por eso siento rabia. Rabia porque no nos enseñaron a querernos a nosotros mismos, a dar solo cuando podamos, a cuidarnos igual que cuidamos a los demás.

Después de una larga charla, que se extendió a una cafetería, me he dado cuenta de que ella no va a cambiar. Para dormir tranquila necesita seguir siendo ciega ante sus necesidades. Me despedí deseándole lo mejor. Tiene 65 años y viene de una generación de mujeres castigadas, castradas y educadas para servir, para negarse a sí mismas, para evitar el infierno del que hablaban desde los púlpitos. Como si el infierno no estuviera a veces en esta vida…

Tras andar con mi pena por no poder ayudarla a quererse, vino a mi cabeza la amiga de una compañera de la universidad. Recuerdo que era una chica joven, con un niño pequeño, a la que le dieron la noticia de que sus células se habían vuelto locas, mientras su marido no paraba de llorar. Ella guardó la entereza para prepararse y combatir la enfermedad.

Y miró por ella. Se divorció porque él era un lastre, no el compañero de vida que ella había creído. Ni una palabra de ánimo salió de él. Peleó duro mientras su pequeño hijo la abrazaba. Y consiguió ganar. Tras el triunfo, quedó dentro de ella la satisfacción de saber que se quería, que tenía la fuerza interior suficiente para hacer las cosas sola. Pero, sobre todo, le quedó la certeza de que su felicidad era importante.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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