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  • 11.10.18
Relato una experiencia personal, por fortuna positiva para mí y a continuación completo el panorama con otros tantos ejemplos, que por desgracia abundan a nuestro alrededor y no suelen dejar buen sabor de boca en los afectados. Hace dos sábados, un coche se detiene detrás del mío, que acabo de aparcar. Estamos en un centro comercial. Desde dicho coche requieren mi atención. Educadamente me acerco a la ventanilla del copiloto que está abierta, para poder hablar con el conductor. Hasta aquí todo está dentro de la normalidad.



El conductor pide disculpas por la molestia y me cuenta que va de camino al aeropuerto de Barcelona para volver a su país. Entiendo que se ha despistado en el empalme a la autovía. Casualmente, dicho enlace está cerca de donde nos encontramos.

Por descontado, no me permite explicarle por dónde tiene que retornar y empieza su monserga. Le atiendo. Educación ante todo. Intento indicarle la dirección pero insinúa con un gesto que la conoce. Desconcierto mío.

Quiere regalarme, por mi amabilidad, unas prendas caras de Giorgio Armani y dice venir de un encuentro comercial celebrado en la ciudad. Le han salido las cosas bien y se muestra generoso. Las explicaciones que me va dando, sin que yo abra la boca, no me cuadran para nada pero me callo por cortesía. ¡Paciencia, Pepe!

Del asiento trasero saca una bolsa grandota. "Tenga", me dice. "Dentro de la bolsa hay dos prendas que le encantarán", añade. Declino el ofrecimiento y me insiste, nervioso, que soy algo desagradecido. "Solo educado, si no le importa". En realidad aquí debería terminar el negocio. Por lo que sigue, deduzco que ahora es cuando se inicia la venta-truco.

A continuación quiere enseñarme otra bolsa con ropa que me gustará más. Eso sí, tendré que pagarle por ella. Insiste. Le ratifico que no quiero nada, lo que bloquea este segundo intento. Lo he chafado. En realidad, aquí termina el mercadeo.

La negación es rotunda y me marcho camino del comercio al que tengo que acercarme. Masculla algunos improperios en italiano que me obligan a volver la cabeza y cortarle el rosario de groserías e impertinencias.

Sigo mi camino mirando de reojo como si buscara a alguien. Por descontado no entro al comercio y retorno a mi coche desde donde le veo venir de nuevo. ¿Precaución? Salgo y aun me sigue. Conocer el terreno me permite librarme de la pesadilla.

¿Ropa de Armani? Desde un principio he tenido clara noción de que aquello no estaba nada claro. Al negarme al regalo le estoy cerrando la puerta para darme el timo con la anunciada segunda bolsa. No voy de listo pero sí de desconfiado. El engaño completo sigue en la información que adjunto de otro caso que también fue un fracaso aunque la curiosidad llevó al sujeto requerido hasta el final.

Resumiendo. Panorama físico: son las cuatro de una tarde calurosa, el aparcamiento no está muy lleno de vehículos, el calor hace que nadie ronde por la explanada. La soledad es propicia para este tipo de faenas.

Primer mosqueo. No he oído nada sobre dicho evento aunque no es importante puesto que no soy comercial de ningún sector. Segundo mosqueo. El aeropuerto del Prat está a unos 330 kilómetros desde Valencia y por la autopista AP-7 se va bastante rápido. Todo eso suponiendo que iba a El Prat y que fuera italiano, que lo dudo. Fin de la entrevista.

Cada vez me queda más claro que hay gato encerrado. Primero, porque nadie regala nada por arte de birlibirloque y, menos, supuesta ropa de marca cara. Segundo y más importante: el cabreo del sujeto está fuera de juego. Tercero, los improperios son absolutamente inadecuados.

Busco en la página de la Policía a ver si hay algo en referencia a una cuestión similar o igual a la descrita. No hay nada. Sigo la búsqueda y topo con una carta clavadita a mi encuentro solamente que, en ese caso, el supuesto timado fue más lejos que yo, dándole coba al timador. Dejo a la curiosidad la reseña de este caso.

El timo de las chaquetas de Armani parece ser que viene del 2006. La táctica siempre es la misma por lo que he podido cotejar con el relato de 2011 encontrado en 20 Minutos. En algún momento he tratado el tema de los chanchullos que recorren nuestro honrado mundo (¿!?). Abundan los “enredos que circulan entre nosotros para conseguir beneficios a costa de la confianza, ignorancia e incluso avaricia” (sic) de sujetos vivales.

Los tramposos carecen de escrúpulos a la hora de engañar a posibles personas inocentes. En algunos casos, los supuestos simplones tampoco tienen reparos en aprovecharse de un farsante aparentemente tonto o con pinta de alelado.

El trasfondo de todo este entramado es abusar del otro, bien como embaucador o como supuesto embaucado. El sablazo se entiende como “acto de sacar dinero a alguien pidiéndoselo, por lo general, con habilidad o insistencia y sin intención de devolverlo” (sic). Este tipo de acciones van en contra de la más elemental honestidad. Total, eso de la honestidad está pasado de moda… (¿!?).

Timar se define como “quitar o hurtar con engaño” o “engañar a alguien con promesas o esperanzas” (sic). Esta segunda acepción es mucho más elegante y más selecta que la anterior. El estafador juega con la confianza y la fe del supuesto o posible mentecato que, por lo general, cae en el cepo. Ejemplos tenemos bastantes, por desgracia.

El fraude consiste en una “acción contraria a la verdad y a la rectitud, que perjudica a la persona contra quien se comete” (sic). La segunda definición también viene a pelo pues se entiende como “acto tendente a eludir una disposición legal en perjuicio del Estado o de terceros” (sic). En el siguiente ejemplo, aun calentito, entran las dos definiciones.

El último grito en fraude salta en Sevilla. La noticia es de El País. “La Policía detiene a 37 personas por un fraude de más de tres millones en contratos de formación. Los arrestados pertenecientes a la cadena de peluquerías Low Cost, obtuvieron de forma ilegal bonificaciones y beneficios de la Seguridad Social. El fraude asciende a más de tres millones de euros con contratos de formación falsos”.

Otra estafilla reciente a la Seguridad Social se produce en las provincias de Málaga y Granada no ingresando la cuota de los seguros sociales ya detraída a los operarios. Bien es cierto que este tipo de sablazo es muy frecuente, hasta cae en él algún que otro personajillo.

Otro caso de timo al consumidor se está dando con facturas falsas de Endesa notificadas por Internet. Es la Policía la que alerta. “Los ciberdelincuentes están mandando emails diciendo que ha habido un cobro de más y piden el número de tarjeta de los afectados para solventarlo...”. La cita proviene en este caso de El Huffington Post.

El espejismo del dinero fácil está detrás de las estafas piramidales clásicas. El anzuelo siempre será el dinero. La avaricia juega un papel importante junto con la necesidad para tapar algún agujero. ¿A quién le amarga un dulce? Esta red de engaño atrapa a bastantes pajaritos. El famoso caso de TelexFree engatusó a 50.000 españoli(s)tos.

Una curiosidad. Ya en el siglo XIX, la hija del escritor Mariano José de Larra, periodista ella, “se cree que llegó a recaudar 22 millones de reales y se calcula en 5.000 el número de afectados” de los que sacó beneficios. Se le conoce como el fraude piramidal más popular del siglo XIX.



Modernamente, el timo popular más famoso y conocido es el de “la estampita”, que fue escenificado en una película por un magnifico actor, Toni Leblanc. ¿Se acuerdan de esta peli? Lina Morgan también hizo otra cinta de estafas.

Actualmente está muy de moda el timo del secuestro exprés, renació el de la estampita y el tocomocho, o quizás nunca se fueron. En síntesis, pululan gran cantidad de engaños que amargan a las víctimas como es natural. A veces dicho sablazo despierta la avaricia del sableado y ello le hace caer en la trampa. Otras veces, la víctima es víctima en el más amplio sentido de la palabra.

PEPE CANTILLO

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