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  • 16.3.19
Me he tropezado con esta vieja y hermosa fotografía en blanco y negro en la que aparecen un padre y su hijo en lo alto de una montaña, de espaldas al espectador, cada uno dirigiendo sus miradas a sitios distintos de un amplio horizonte que se abre ante ellos y con un cielo cargado de nubes que amenazan posibles lluvias.



El padre, ya envejecido, porta una boina y apoya su mano derecha en un bastón. Con la izquierda se acerca un cigarrillo a los labios. Una roca tapa la mitad inferior de su cuerpo. Un cuerpo girado hacia el límite de la imagen, pareciendo que es el preludio de una vida que se acaba, de una existencia a punto de cerrar el último capítulo de una historia que llega a su fin, cuyo protagonista acepta en silencio y con resignación, comprendiendo que las leyes que dicta la naturaleza son inapelables

Por el contrario, el hijo, firme y confiado, aparece en el centro de la imagen y en la plenitud de su vida. Se muestra erguido en lo más alto de un pequeño promontorio. Mira de frente hacia la escasa luz del crepúsculo que asoma por el horizonte y que se expande por los lejanos campos que contempla, como si a él le pertenecieran los últimos rayos del sol antes de que las negras sombras de la noche se arrojen sobre ambos.

Padre e hijo, juntos y separados, unidos y distanciados. El conjunto se muestra como una metáfora visual de la vida; de esas vidas humanas, en el fondo extrañas y enigmáticas, que al finalizar se llevan para siempre preguntas sin resolver, transformadas en dudas que, en ocasiones, se convierten en miradas hacia el abismo al no encontrar respuestas a las mismas.

Al contemplarlos en esta postura nos asoman algunos interrogantes: ¿Han hablado entre ellos? ¿Han sido los mutismos los que han presidido sus relaciones? ¿Se llevará para siempre el padre aclaraciones de hechos silenciados? ¿Qué preguntas se hace el hijo que no tendrán respuestas una vez que pierda a su padre? ¿Le faltó el abrazo de su padre en un momento crucial de su vida? ¿Se guardó para sí ese dilema que le agobiaba y que solo su padre se la podía aclarar?

Quizás sean muchas incertidumbres las que expongo a partir de la espléndida fotografía que ilustra el artículo. Sin embargo, estas reflexiones me vienen suscitadas por dos motivos que paso a plantear.

Por un lado, están relacionadas con el estudio de las emociones en el ser humano que voy llevando a partir de los dibujos de los escolares. Ya he publicado varios artículos (aparecerán más adelante otros) en los que nos encontramos problemas o conflictos vividos angustiosamente por los hijos, puesto que no encuentran respuestas claras a las preguntas o porque les abruman los silencios mantenidos como secretos ocultos en el seno de sus familias. Así, paso a paso, se construye una ausencia emocional del padre que se hace patente a lo largo de sus vidas.

Por otro lado, el propio título del escrito, En busca del padre, está estrechamente ligado a dos grandes novelas que recientemente he leído y que tienen de fondo el sentimiento de orfandad de sus autores ante el mutismo de unos padres que fallecieron. Lógicamente, ahora ya no pueden encontrar aclaraciones a los numerosos interrogantes que les asedian. Es la razón por lo que acuden a construir dos relatos autobiográficos o de tipo confesional para dar salida a ese inmenso vacío que sienten al no contar con esos padres ausentes y que han acabado convirtiéndose en recuerdos con los que no es posible dialogar.

Me estoy refiriendo a El primer hombre de Albert Camus y a Ordesa de Manuel Vilas, libros que, tal como he apuntado, no son estrictamente memorias, sino que habría que situarlos dentro de las novelas confesionales, en el sentido de que sus autores son los protagonistas en la búsqueda del significado de sus vidas, unas vidas truncadas por la muerte prematura del padre, en el primer caso, y del fallecimiento paterno tras una crisis personal, en el segundo.



Sobre Albert Camus, recientemente publiqué un artículo titulado Educar con pasión, en el que aportaba las cartas que se intercambiaron el autor y su antiguo maestro, una vez que Camus hubiera recibido el premio Nobel de Literatura en 1957. Ambas cartas se encuentran al final de El primer hombre, por lo que de algún modo nos ayudan a entender esa búsqueda del padre que realiza a lo largo de la novela que vio la luz tras morir el autor en accidente automovilístico en 1960.

Recordemos que el padre de Camus falleció antes de que él cumpliera el año, puesto que su padre fue llamado a filas en Francia ante la ocupación de la Alsacia francesa por las tropas germanas.

Hay páginas verdaderamente conmovedoras a lo largo de ese relato confesional. Quisiera extraer algunas líneas del texto, como cuando Jacques Cormery (alter ego de Camus en la novela), ya con cuarenta años, va a visitar la tumba de su padre, a instancias de la madre argelina, al pueblecito francés de Saint-Brieuc.

Una vez que el guardián del cementerio le lleva al lugar en el que se encuentra su padre fallecido a los 29 años, contempla la sencilla lápida en la que aparece escrito el nombre y la fecha de la muerte paterna.

Veamos un par de párrafos de este segundo capítulo del libro.

“Y la ola de ternura y compasión que de golpe le colmó el corazón no era el movimiento del ánimo que lleva al hijo a recordar al padre desaparecido, sino la piedad conmovida que un hombre formado siente ante un niño injustamente asesinado, algo había ahí que escapaba al orden natural y, a decir verdad, ni siquiera tal orden existía, sino sólo locura y caos en el momento en el que el hijo era más viejo que el padre”.

“La sucesión misma del tiempo estallaba alrededor de él, inmóvil, entre tumbas que ya no veía, y los años no se ordenaban en ese gran río que fluye hacia su fin. Los años ya no eran más que estrépito, resaca y agitación, y Jacques Cormery se debatía ahora preso de angustia y piedad. Miraba las otras lápidas del entorno y reconocía por las fechas que ese suelo estaba sembrado de niños que habían sido padres de hombres encanecidos que creían estar vivos en ese momento”.

Tras la lectura, comprobamos que a Jacques Cormery (nombre que adopta Camus de sí mismo para el relato) se le rompe el sentido de la vida cuando comprueba que su padre era “un niño”, es decir, un hombre sin las experiencias que él ya había vivido, por lo que era imposible dialogar con el recuerdo reconstruido de un padre que había pasado por la vida cargado de inocencia.



Ordesa ha sido una de las grandes novelas publicadas en 2018, es decir, en el año pasado. Basta decir que he leído la edición decimocuarta para que nos demos cuenta de que nos encontramos ante una obra confesional en la que su autor, el poeta Manuel Vilas, busca desesperadamente un sentido a la vida, a una vida que siente hundirse tras las derrotas personales sufridas y no encuentra asidero para ir con lucidez hacia la muerte. Sí, hasta que le llegue la muerte, pues esta sombría palabra se encuentra presente de manera obsesiva en esta novela contundente y aplastante.

¿Y adónde acude quien a sus cincuenta y seis años se encuentra al borde del abismo? Pues al igual que lo hiciera Albert Camus, aunque en momentos y contextos distintos, a la búsqueda de un padre imaginado que le explique la razón de haberlo traído a este mundo al que siente extraño, absurdo y cruel, y del que solamente tiene algunos buenos recuerdos en su infancia y juventud.

Es difícil condensar la novela en unas líneas, por lo que me permito, al igual que hice con El primer hombre, extraer algunos párrafos que den algunas pistas de la búsqueda de ese padre que Manuel Vilas quiere reconstruir a lo largo de sus 387 páginas.

Le dije a mi padre que viniese a ver mi piso, pero no vino. Mi padre no vio nunca los sitios en los que viví cuando era estudiante. (…) ‘Papá, quiero que veas dónde vivo’. No, no dije esa frase. La digo ahora. Tampoco él dijo: ‘Quiero ver tu piso’. Parece que estábamos hechos uno para el otro: no nos dijimos nada”. (pág. 60)

Como siempre, no hablaba ni de su padre ni de su madre. No hablaba de su vida. Mi padre parecía haber nacido por generación espontánea”. (pág. 74)

De mayor no me acercaba, no tocaba el cuerpo de mis padres, salvo los besos protocolarios que tan nerviosos nos ponían”. (pág. 151)

Mi padre nunca me dijo que me quería, mi madre tampoco. (…) Tal vez no me quisieron y este libro sea la ficción de un hombre dolido. Más que dolido, asustado. (…) Acabas pensando que si no te quieren es porque existe alguna razón poderosa que justifica que no te quieran. Si no te quieren, el fracaso es tuyo”. (pág. 157)

Mi padre era inalcanzable, siempre lo fue para mí”. (pág. 254)

Mi memoria pone en pie una visión catastrófica del mundo”. (p. 197).

* * *

Los tiempos cambian. También los padres. Esos padres inalcanzables de los que nos habla Manuel Vilas han dado paso a otros accesibles, dialogantes y cercanos a sus hijos. Y también, hay que decirlo, cargados de ternura. No obstante, quedan otros que por distintas circunstancias acabarán convirtiéndose en motivos de incertidumbres y angustias, por lo que cuando sus hijos sean mayores y ya no cuenten con sus presencias físicas es posible que se encuentren en esa búsqueda del padre tan inquietante y conmovedora como son las que han llevado a cabo algunos escritores, caso de los dos citados.

AURELIANO SÁINZ

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