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  • 28.9.18
Creo que no hay nada más enriquecedor que tener amigos de distintas edades y condición. Ayer quedé con mi amiga Pepa, que tiene 75 años. Hacía tiempo que no nos veíamos y fue una alegría compartir la noche riéndonos de que a las dos nos ha dado últimamente por leer novelas románticas con heroínas decididas y hombres fuertes y masculinos.



Supongo que es inútil no intentar, de vez en cuando, darle un repaso a un pasado que ya es bastante largo. "Yo era muy estúpida", me dijo Pepa como excusa por no haber encontrado ese amor romántico que pueblan las hojas de nuestros libros actuales favoritos. "Tú lo que eras es exigente, Pepa, pero no estúpida".

¿Cómo iba a encontrar ella al mirlo blanco? Mujer independiente, con trabajo que compaginaba con la carrera de Psicología, con ideas propias y sabiendo qué es lo que quería o, por lo menos, lo que no quería. Era difícil que en los años sesenta, cuando España apenas se abría al mundo, encontrase a un hombre que fuese capaz de no asustarse ante la fuerza de la libertad.

"Pepa,  no tuviste suerte", te podría decir mucha gente. Tu padre era republicano y creía en la igualdad de sexos, en que las mujeres podían trabajar, estudiar, no hacer las tareas del hogar y elegir un marido… Por eso yo te digo que tuviste mucha suerte: tuviste un progenitor que te dio las llaves de tu vida y confió en ti sobre todas las cosas.

No se ha encontrado al hombre de las novelas porque a lo mejor no existe. Y si hay alguno, tampoco son muchos. Había un abismo entre lo que el hombre de la dictadura esperaba y lo que una hija de la República quería. El amor es un misterio, como canta Bocelli, ¿por qué no os habéis encontrado ese macho alfa que tú querías? Nunca lo sabremos. No te cruzaste con ninguno que se acercara de lejos a tu padre y a sus ideas. Freud tenía razón.

Conocí una pareja de tu edad en la última manifestación feminista a la que fui. Después de hablar con ellos, entendí que, después de cincuenta años juntos, sus miradas se siguieran uniendo en una sonrisa. Él es un hombre sin miedo, que ha sabido admirar a una mujer con la que compartió profesión: ambos eran maestros. Y no solo compartir un trabajo, sino las faenas del hogar, el cuidado de los hijos y las alegrías y sinsabores cotidianos. Ella encontró al mirlo blanco pero, Pepa, como ya te he dicho, no hay muchos.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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