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Mostrando entradas con la etiqueta Diario de una equilibrista [María Jesús Sánchez]. Mostrar todas las entradas
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  • 4.1.20
Los años veinte del siglo pasado fueron alegres pero, al final, terminaron con una gran crisis mundial que preparó el camino hacia la Segunda Guerra Mundial. Los excesos no son buenos: ni tirar el dinero por la ventana, ni malvivir por no gastar.



Si me quedo con lo bueno, fueron años en los que las mujeres cobraron visibilidad, adquirieron derechos y se deshicieron del corsé y de todo aquello que les apretara el cuerpo. Ellas pudieron pensar que todo estaba hecho, que la libertad estaba ya conseguida, pero vendrían años posteriores en los que el largo de la falda volvería a aumentar y, con él, llegarían los retrocesos y las rejas en el hogar. Sobre todo en nuestro país.

Aunque sé que la década empezará con el 2021, deseo desde hoy que estos años veinte del siglo XXI traigan menos hambre, más calma en los corazones, más fraternidad, más justicia social, una educación igualitaria que haga felices a hombres y mujeres. Se necesita una mirada común que haga que nuestra casa esté bien. Y nuestra casa no es más que este bonito planeta azul en el que vivimos con miles de especies, que dan diversidad y colorido a la vida.

Una raza: la humana, tratando de convivir, de respetar, de admirar y de querer todo aquello que nos rodea. Crezco y sigo siendo aquella niña pequeña que quería felicidad y amor para todo el mundo. Mi sensibilidad me impide cerrar los ojos al sufrimiento humano, a la desigualdad, a la injusticia, al egoísmo de unos pocos.

Podría ser tan fácil... Cada uno con una casa, con un trabajo digno, con comida para el día día y ropa que cubra el cuerpo para abrigarlo. Observar la naturaleza, sentir los cambios de estaciones en la piel, verlo todo como un regalo: una mariposa, un río que se pierde, la luz que se filtra por el cristal descubriendo un mundo microscópico, la vuelta de las golondrinas, cielos cambiantes, nacimientos, despedidas, días que se atraviesan con la lentitud con la que cae una hoja...

Mirar con los ojos de un niño o una niña: eso es lo que yo pido para estos veinte...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ
  • 28.12.19
Sería genial que desde pequeños nos educaran para que viéramos a todas las personas normales, sin miradas lastimeras, ni condescendencia. Sin risas de superioridad, sin hacer daño... Cuatro ojos, mariquita, marimacho, cojo, lisiado, cegato, dumbo, bizco, jorobado, pava, tonto, retrasado... Todos estos insultos no nacen con nosotros, no vienen en nuestro ADN. De hecho, los niños pequeños no ven diferencias: todos son sus amigos. El problema es cuando los adultos los van aleccionando para que se rían del otro porque es diferente.



¿Existe la normalidad? ¿No es normal ser diferente? Si existe un Dios que nos hizo a su imagen y semejanza, ¿no somos todos dignos de amor y respeto? Los olmos no echan peras, ni lo necesitan: dan sombra, oxígeno y belleza al paisaje. Cada uno de nosotros nace con un don especial. El problema viene cuando nos aplastan las palabras ajenas y no nos dejan ser lo que estamos llamados a ser. Y, lo que es peor, nos impiden encontrar el regalo que nos viene dado.

Para ser feliz no hay que tener las dos piernas, los dos ojos, los dos brazos, ni un cuerpo perfecto. La clave la encontré escuchando a uno de los protagonistas de la película Campeones, Jesús, que tiene problemas de visión: "Me han querido mucho". El amor a nuestra imperfección, a esa imperfección que todos traemos de serie, es lo que nos hace abrirnos y florecer, es nuestra agua de mayo.

Si desde pequeños todos somos queridos y aceptados, somos parte de una normalidad que nos es sinónimo de ser todos clones iguales, el resultado es una sociedad menos dividida, más feliz y menos crispada.

Cerca de mi casa hay un pequeño campo de fútbol donde, el otro dí,a dos padres se peleaban ante la mirada atónita de sus pequeños hijos. Se decían de todo, se insultaban, amenazaban y querían hacer valer la superioridad del otro. Eran dos bestias a las que les daban igual sus hijos.

Lo primero, porque los dejaron desatendidos mientras daban rienda suelta a su ira y, lo segundo, porque les estaban enseñando a aquellas pequeñas criaturas que los sábados no eran días para divertirse jugando al fútbol sino para seguir compitiendo y ser el mejor, aunque hubiese que pisotear a alguien. ¡Qué pena!

Hay gente que es buena jugando al fútbol, otros lo son pintando, resolviendo problemas de matemáticas o cantando. Y todos son necesarios y todos caben en este paraguas gigante que es el mundo. El que se crea superior que se vaya solo al desierto, que reflexione allí, bajo el sol y el frío y que nos deje al resto ser felices siendo imperfectos.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ
  • 14.12.19
La Real Academia Española, esa que "limpia, fija y da esplendor", define el término feminismo como "principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre". Hoy en día, en el momento de la posverdad –es decir, de las noticias falsas sin ningún tipo de contraste– hay mucha incultura. Hay muchas mujeres y hombres que utilizan las palabras "feminismo" o "feminista" como un insulto, como algo radical.



El feminismo nace porque no hay igualdad real entre hombres y mujeres, porque aún no tienen los mismos derechos, porque hay mucha creencia de la superioridad del humano macho sobre el femenino; porque aún hay gente que se empeña en dividir los roles como si los hombres fueran iguales por su lado y las mujeres fuéramos todas iguales también. Cada ser humano tiene un ADN diferente y esto es suficiente para que no se generalice, porque "somos únicos e irrebatibles" cada uno de nosotros.

Hay mujeres con fortaleza física; hay hombres que no la tienen. Hay hombres sensibles y mujeres insensibles. Existe solo la persona. Cada uno de nosotros tiene unos gustos, unos deseos, unas aspiraciones y unas fortalezas.

Una mujer puede ser militar, policía, bombera, minera, jefa, presidenta o lo que desee. Un hombre puede ser comadrón, profesor de guardería, peluquero de señoras, asistente social, limpiador, bailarín de danza clásica y todo lo que él quiera. La frontera entre lo masculino y lo femenino ha hecho mucho daño.

Un hombre heterosexual puede llorar viendo películas románticas y un hombre homosexual puede ser boxeador. Una mujer puede ser árbitro sin ser lesbiana y una mujer que ama a otra mujer puede ser modelo, diseñadora, ser lo que se cataloga como "muy femenina" o reina de la fiesta. No hay nada genuinamente masculino o femenino. Todo se mezcla y todos tenemos una parte de cada lado. Y ninguna es mejor o peor.

Cuando se habla de "machismo" no se habla de un antónimo, no es "lo contrario". Para la RAE es "actitud de prepotencia de los varones respecto a las mujeres", es decir, una creencia de que el hombre es superior a las mujeres, mientras que el feminismo no cree que la mujer sea superior a nadie.

Otra falsa creencia es que el machismo está en la mente de los hombres: nada más lejos de la realidad. El machismo se perpetúa porque hay muchas mujeres machistas. Mujeres que educan a hijos e hijas de distinta manera. La niña hace cosas de la casa, el niño no.

Mujeres que tienen miedo a elegir por sí mismas y creen que todas las mujeres necesitamos un varón, sea tu padre o tu marido, para que nos guíe y nos diga qué hacer, para que nos salve –no sabemos de qué–. Esas son las que más critican a las que queremos una pareja en igualdad, donde ambos trabajemos, cocinemos, nos cuidemos y tiremos del otro en los bajos momentos sin sentirnos mal por ello.

Por otro lado, hay hombres feministas, hombres que creen en la igualdad sin importar cuál sea su tendencia sexual. Hombres que han luchado con nosotras para que podamos votar, para que seamos capaces de firmar contratos –hasta 1981 no lo fuimos– , para que elijamos qué estudiar y cuál va a ser nuestra profesión. Hombres que nos quieren para remar juntos por el río de la vida.

Dejen ya de creerse que insultan con la palabra "feminista". No nos insulta ni a hombres, ni a mujeres. Y lo mejor de todo es que todos los derechos que consigamos serán para todas las mujeres, aunque haya algunas que sean machistas.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ
  • 7.12.19
Una cosa es ver las noticias o un reportaje de violencia de género y otra muy distinta es verlo en vivo y en directo. El jueves, saliendo de la parada del metro, había una chica sentada en el último tramo de escaleras, al lado de la puerta de hierro que cierran cuando el metro deja de funcionar. No creo que llegara a tener ni 20 años. Rubia, delgadita y esperando.



Llegó el que sería su novio o pareja y ella le comentó algo, quizá de una infidelidad, y él empezó a subir la voz mientras le cogía con las manos la cara. "¿Quién te ha dicho eso? Dime quién", gritaba. Ella le contestó que se lo había dicho todo el mundo. "Eso es mentira", le espetó mientras se ponía de pie y su cara se ponía roja de ira.

Empecé a asustarme porque, observándolo, se podía ver que habría tomado algo y que no era el tipo de persona que sabe controlarse. Y mi intuición no me falló. Empezó a dar golpes contra los barrotes de hierro de la puerta. Los golpeaba con el puño, con una fuerza descomunal. La miraba con cara de "te voy a matar". "Hoy termino yo detenido", dijo amenazante.

Ella se iba encogiendo por momentos, tratando de ser invisible para que el siguiente golpe no fuera contra su cara. El sujeto tendría más o menos la edad de ella.

Yo iba sola, cansada de todo el día y justo cuando pisé el escalón en el que ella estaba sentada, él se dirigía hacia ella con la mano levantada y con los ojos inyectados de furia. Yo quería subir para poder llamar a la Policía, porque mi constitución física no da para enfrentarme con esa clase de bichos. Casi llegaba a salir del todo, a huir de aquel túnel del terror, cuando oí: "¿Por qué le pegas? Si él no estaba haciendo nada...". No podía dar crédito.

Estoy segura de que alguna de las personas que estaban fuera y escucharon los gritos avisaron a la Policía y allí estaban dos agentes tratando de impedir que el energúmeno dejara de gritar a la chica y de pegar a la puerta. Y ella, que se había hecho una bolita para protegerse, se ponía ahora de pie para defender a su novio e increpaba a los policías para que dejaran de agarrarlo.

Los policías la defendían y ella había perdido la autoestima y solo quería que no le hicieran nada al que hacía unos segundos no la había golpeado porque había gente observándolos. Me puse muy triste. Los agentes se lo llevaron y ella los seguía, defendiéndolo lo indefendible.

Me puse triste porque estamos en el siglo XXI, porque han muerto muchas hermanas para que la mujer pueda emanciparse, para que pueda elegir, para que sea libre y comparta su vida con alguien que la quiera y respete.

Sigue fallando la educación, sigue fallando el sistema. A él nadie le ha dicho cómo debe tratar a un ser humano, da igual del sexo que sea. Nadie le ha enseñado lo que es amar y compartir tu vida. Seguramente es lo que ve en su casa.

Y ella, la pobre, cree que los hombres tienen que gritar, golpear, hacerse los gallitos para ser masculinos. No le han dicho que la hombría no está peleada con el respeto, la sensibilidad y la educación. Tiene una imagen totalmente distorsionada de lo que es amar y que te amen.

Amar empieza por amarse. ¿No dice la Biblia "ama al prójimo como a ti mismo"? Quererse y valorarse como persona, sin ser más o menos que nadie, verse como un ser digno de respeto y amor, como todos lo somos. Tan joven y sin verse. Me dieron ganas de decirle algo, pero ella ya se había ido persiguiendo a los policías que la defendían de ella misma...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ
  • 30.11.19
Viendo fotos antiguas de viajes me doy cuenta de cómo ha cambiado. Antes veía tres días juntos y ya estaba buscando una escapada fuera de España con un billete de bajo coste. Todo mi afán era conocer nuevos sitios, moverme, visitar. No me daba pereza nada: daba igual estar todo el día caminando y volver a casa a última hora, aunque al día siguiente tuviera que regresar.



Ahora necesito otras cosas, bueno mejor dicho, una sola: descansar. Entre mis horas de estudio para las oposiciones, que ya están cerca, y mi trabajillos para sobrevivir, cuando me puedo tomar algo de tiempo libre, me gusta dormir, leer en la cama, escuchar jazz... En definitiva, no salir ni a la puerta de mi casa.

Hoy es uno de esos días. Mi compañera de piso se ha ido de fin de semana con su novia y yo he decidido tener un día para mí, para parar y coger fuerzas para la carrera final antes del examen. Lo necesitaba. El atropello que a veces es mi vida no me deja respirar, ni pensar, ni verme. Me maquillo en el espejo casi siempre sin verme y hay días que el rubor de mis mejillas se convierte en dos círculos rosas y no soy consciente de ello hasta que alguien me dice que parezco una Heidi.

Estoy aquí en la camita, me acabo de tomar la leche con galletas y me dispongo a retomar mi libro de Almudena Grandes. Lo he leído miles de veces y aún me sigue emocionando, enseñando y maravillando por la gran historia que esa periodista creó sin dejar ningún hilo suelto. Todo se entrelaza, cobra sentido, y miles de cabos forman una telaraña perfecta.

La primera vez que leí El corazón helado, además de quedarme horas sin dormir porque me había atrapado, me obligó a leerlo una segunda vez de corrido porque no quería salir de su mundo, porque quería buscar otras posibilidades dentro de la guerra civil.

Esta mañana solo pienso hojearlo, buscar al protagonista hasta quedarme de nuevo dormida. Uno de los grandes placeres de la vida para mí es desayunar y volver a dormirme, disolverme, ser sal en el mar o azucarillo en una café caliente.

Hace frío en la calle, mi habitación se ilumina de vez en cuando, cuando el sol consigue asomarse entre las nubes grises que hoy cubren la ciudad. Mi edredón calentito me protege y prepara mi cuerpo para el segundo sueño, lo va llenando de un calor adormecedor. No quiero estar en otro sitio, no quiero salir, mi habitación es mi reino, la isla de la que habla Miguel Bosé que se llama Libertad.

Mis ojos empiezan a desfallecer y te tengo que dejar, querido diario. Este momento es mágico y la magia dura poco. Tengo que sumergirme en este estado de paz y tranquilidad tan difícil a veces de alcanzar...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ
  • 23.11.19
El amor es dejar ser al otro lo que es, ya sea tu hijo, tu pareja o un amigo. Aceptarlo y quererlo con su esencia y ayudarle a crecer, a convertirse en lo que ha venido a ser. Dentro de nosotros hay una voz saboteadora que, con más o menos mala intención, no nos deja disfrutar plenamente de la vida.



Quizás sea obra de la evolución y nos quiere proteger a toda costa, o nos quiere poner en aviso de que los días de sol y los nublados son caras de una misma moneda. A esta voz hay que escucharla lo justo y, si se puede, llevarla al final de un pasillo donde sus palabras se desdibujen en la lejanía.

El problema viene cuando a la autocrítica interna se une la externa; cuando lo que te rodea no te ve, no exige sin miramientos y prende en llamas la distancia que recorre el pasillo, haciendo que la voz dañina te posea y sea la única sintonía de tu día a día. De esa gente hay que huir como de la peste.

Para mí, la amistad siempre ha sido un espacio de libertad, un paraíso donde poder expresarme, ser yo sin interpretaciones y donde sentirme querida por lo que soy. En estos años que llevo andando sobre La Tierra, he tenido que desprenderme de algunos falsos amigos, sobre todo de aquellos que solo quieren tu alegría y huyen de tu dolor; y también de aquellos otros que te usan de basurero emocional continuamente. Son esas personas que practican el “yoísmo”, a las que solo les gusta hablar de ellas mismas y que nunca enfocan su mirada en el otro para ver cómo está, cómo se siente o qué anhela.

Tengo la suerte de tener buenos amigos: son el resultado de una vida, de sentirme acompañada en el sendero. Hemos vivido lo bueno y lo malo y siempre hemos estado ahí para apoyarnos. Hemos sido felices con las buenaventuras del otro y hemos empatizado con el dolor cuando éste se ha cruzado en el camino.

Es maravilloso saber que hay gente que te quiere tal y como eres y es precioso querer sin tapujos y decirlo. Todos mis amigos de verdad cuentan con un gran corazón: son, lo que se dice, buenas personas, buena gente que quiere un mundo mejor, un mundo donde nadie sufra, una tierra llena de amor.

¡Qué afortunada soy! Teniéndolos al lado, me sobran las cosas materiales. Y es que, como dice la sevillana: “Eso de ser buena gente no se paga con dinero”.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ
  • 16.11.19
La elegancia, la clase, las buenas maneras, el saber estar, en definitiva, la educación y la ética, no se adquieren con dinero, ni lo da un barrio de abolengo, ni un colegio privado. Nace de un bonito corazón que empatice con el otro, que es capaz de demostrar ternura sin ningún tipo de complejo.



Así es Rafa. Rafa es guapo porque su bondad traspasa su piel. Es verdad que los trajes de corte italiano le quedan muy bien y su percha todo lo luce. También se ocupa él de estar en forma corriendo, nadando o con la bici. Siempre tiene una palabra amable para todo el mundo, un abrazo, besos cariñosos y una alegría contagiosa.

Él es un vividor en la acepción sana de la palabra. Le gusta vivir, disfrutar, conocer, viajar, leer, descubrir, el mar, lo lejano y le gusta mucho su rubia. Su compañera de viajes y, lo más importante, su compañera de vida.

Se enamoraron siendo casi niños y, desde entonces, se cuidan, se quieren y comparten pasiones. Su padre le dejó miles de recuerdos de tardes de fútbol, viendo, disfrutando y sufriendo por su Sevilla de su alma. Cuando habla de él, el amor se le desborda y un reflejo acuoso acude a sus bonitos ojos verde aceituna.

Enamorado de la vida, de su mujer, de su sobrino y de su familia. Si el día se nubla y el frío llega, ahí está él con una sonrisa y una de sus frases ingeniosas para sacarte una sonrisa o darte un abrazo de esos que te hacen creer en la buena gente. Rafa es luz, caballerosidad y ternura.

Se crió y creció en un barrio humilde, trabajador, donde uno aprendía a volar solo o con amigos; donde no había mucho dinero, donde la escasez se compensaba con ingenio e imaginación. Los niños jugaban en la calle e inventaban juegos donde existía el compañerismo. Podría uno querer o encontrar una o varias razones de por qué él es como es.

Ni la dirección postal, ni el colegio condicionan. Cuando uno nace con el don de la elegancia, que cubre un corazón grande y bueno... Todo lo demás, sobra.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ
  • 9.11.19
Es preocupante que la ciudadanía acepte que los representantes públicos roben y vayan a lo suyo. Es preocupante que haya gente que se decante por partidos anticonstitucionalistas que solo quieren coartar la libertad del otro, del que no piensa como ellos. España es una democracia joven que aún no entiende que pueden caber bajo su nombre distintas ideas y sentimientos que han de ser respetados. Respetar lo tuyo y lo mío.



Sigue habiendo mucha gente que quiere que todos seamos iguales y no lo somos. Cada uno de nosotros tiene un ADN distinto y una historia vital diferente. Es frustrante ver cómo la clase política habla de recortes y de desaparición de las pensiones mientras ellos roban dinero público sin pudor y sin que les remuerda la conciencia.

La adoración al becerro de oro les ciega y no nos ven. Algunos dicen ser cristianos pero no les duele el dolor del prójimo. Porque el prójimo sufre porque no tiene recursos para subsistir, porque no tiene trabajo o un techo en el que cobijarse. Y muchos de ellos vienen de la clase baja trabajadora que, de un día para otro, perdió su sustento porque el sistema prefiere sueldos más bajos en países pobres o robots que no sienten.

Votamos a opciones vacías, a programas que no existen o no se cumplen porque mentir ya no es pecado. La derecha arrincona a una mujer preparada para poner a un hombre que tardó mil años en sacar una carrera fácil. Se prefiere al muñeco de trapo que a la abogada del Estado.

La izquierda no aprendió nada de la guerra y vive en sus compartimentos estancos llenos de barreras. Pelean como gallos y, mientras, los que creen en ellos, los que quieren un mundo más justo, miran desde abajo sin entender por qué no los ven. Personas que son números y no carne y hueso.

Un partido que se erigió en estandarte de la limpieza, que quería ser la mano dura contra la corrupción, que parecía un soplo fresco y resultó ser humo negro. Del naranja al negro. Y ante el caos reinante empiezan a surgir esos partidos nacionalistas, esos que siempre provocan guerras sin sentido bajo una bandera que llora porque no quiere que la usen como arma.

Debates políticos sin propuestas políticas, pantomimas que se ríen de nosotros. Faltas de respeto como en el peor amarillismo; egos inflados y ausencia de puentes para hacer un país mejor. España ni es un nombre, ni un escudo ni una bandera. España son millones de personas que quieren vivir en paz, que quieren comer todos los días, tener un trabajo y tomarse una cervecita los fines de semana con sus amigos. El español es dócil, a veces demasiado, pero si está contento, si tiene lo necesario, no se echa a la calle a pegarse con nadie. No ve al enemigo en el vecino.

Quiero políticos que unan y no dividan, que piensan en todos, que busquen la estabilidad social y que no se crean nada, salvo unos simples servidores de la ciudadanía que es quien les paga. Volveré a votar con el corazón y la cabeza esperando que la sociedad mejore, que la gente sufra menos y que las posibilidades sean iguales para todos.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ
  • 2.11.19
Me da pena, mucha pena, cuando veo a la gente joven utilizando palabras en inglés. Cuando veo cómo se ha generalizado este idioma anglosajón en nuestro país. De mis viajes por Europa siempre volvía orgullosa de mi idioma y de lo poco que nos habían colonizado ligüísticamente los ingleses.



Recuerdo en Alemania cómo una chica de allí me contaba que, al no doblar las películas, la gente iba perdiendo palabras alemanas que eran sustituidas por alguna más fácil en el idioma del dinero. Cuando visité Francia e Italia pude comprobar cómo llevan años utilizando "weekend" para señalar el fin de semana. Me parecía triste que las lenguas latinas hubieran sucumbido ante las bárbaras.

Y ahora compruebo que los chicos no tienen seguidores sino "followers"; que no les gusta algo sino que le dan un "like". Lo más visto o leído es un "trending topic" y, mientras, Cervantes se remueve en su tumba y ve perdida su batalla. Él, que consiguió doblegar a los foráneos haciendo que su gran libro fuera el más traducido del mundo. Bueno, seguramente después de la Biblia viene El Quijote.

Cuando uno viaja por América y descubre los millones de personas con los que se puede comunicar es consciente de la gran riqueza que tenemos los hispanohablantes: nuestra lengua. Ésta y su cultura son más poderosas que el dólar o que cualquier otra moneda. Pero solo si somos conscientes de ese poder.

Dejemos de sentirnos inferiores; dejemos de creernos modernos por decir palabras en inglés. Defendamos lo nuestro, nuestra gran cultura y honremos a García Lorca, a Lope de Vega, a Garcilaso, a Machado y a la página anónima que escribió El Lazarillo de Tormes. Ser "cool" es hablar en una lengua tan antigua como la nuestra y que tanto ha contado en esta Tierra redonda.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

  • 26.10.19
Sale descalza, como siempre, llenando el escenario con su seguridad y con su magia. Ataviada con un vestido en dos cuerpos de tela africana, de vivos colores y unas mangas de volantes, como claveles abiertos. Empieza la ceremonia con su persignación y le sigue un ritual de agua que, si bien no es bendita, crea un clima místico.



Ella es fuerza y energía bonita. Su atuendo reverencia a sus orígenes, a la África de sus ancestros, sin olvidar su mundo de adopción: el flamenco. Ella humildemente cuenta que no canta flamenco pero después de escucharle Mi niña Lola sabes que miente.

Su voz son guijarros esculpidos por el mar, que ella mueve a su antojo como si estuvieran dentro de un palo de agua, dejándote con una resaca en la que siempre quieres más. Dos horas no son nada.

Comienza el hechizo protagonizado por cinco mujeres, donde Concha Buika es la bruja suprema. Junto a ella, una percusionista que disfrutó como una niña en su cumpleaños y que supo acompañarla siempre. Una bajista sentada con elegancia que dio contexto a las canciones que se iban hilvanando como cuentas de un collar que une el jazz, el soul, la música caribeña y el cante que sale de las tripas. La teclista, menuda y oriental, nos hacía no olvidarnos del otro gran continente: Asia. Y una rubia alta teñía de terciopelo con su saxofón todo el conjuro.

Ojos cerrados y sonrisa abierta a la paz. Ella es la maga de los susurros, de los cantes sedosos, de los altos desgarrados. Cualquier tema que pasa por sus cuerdas vocales lleva su sello para siempre. Sin pretensiones, gobernada solo por el sentimiento.

Va poco a poco introduciendo sus canciones, sus historias de vida. No se quería ir y nosotros queríamos quedarnos a vivir en su esencia. Se le puede gritar “viva la madre que te parió” por cómo canta. Su elegancia en el paso arranca “olés”. Su cuerpo no necesita bailar: solo con moverse un poco es como un flan cubierto de rico caramelo que sí que se cimbrea con el viento de los instrumentos.

En la segunda parte subió al escenario a un guitarrista flamenco y a dos percusionistas que competían con la caja y los timbales. Ahí vino la concha que me gusta, la que se desgarra, la que se desnuda y nos habla de su vida. De una vida hecha para vivirla sin obviar el sufrimiento.

No recuerdo todo lo que cantó, me duró un suspiro su actuación. Nos dijo hasta siempre con Mi niña Lola. Y a mí me dieron ganas de gritar: “Qué idiota tu padre, que se marchó y se perdió a este pedazo de hija”.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ
  • 19.10.19
Tengo la suerte de saber dónde están enterrados mis familiares. De hecho, puedo ir a visitarlos el Día de los Santos. Sabemos que no están allí pero, para mucha gente, su memoria sí. No le ocurre lo mismo a mi amiga Maribel. Nunca conoció a su abuela: un tiro se la arrebató y aún hoy no sabe dónde se encuentra su cuerpo. El delito de la mujer fue tener un hijo republicano, un hijo que pensaba que los reyes no habían sido buenos para España.



Cuando terminó la guerra empezaron las persecuciones familiares. Durante la contienda fratricida se hicieron barbaridades por ambos bandos. Y si no, que se lo digan al periodista Chaves Nogales, que lo vio con sus propios ojos.

Pero la guerra no se cerró con un acuerdo de manos, sino que se instauró una férrea dictadura que nos aisló del mundo y se dedicó a perseguir a todo aquel que no comulgara con sus ideas y formas. Republicanos de derechas e izquierdas tuvieron que huir de su patria para no terminar en una cuneta perdida.

A la abuela de Maribel vinieron a buscarla y la mataron, sin explicaciones ni derecho a réplica. Y la tiraron en cualquier sitio, como si fuera basura y no un ser humano. A mi amiga le gustaría encontrarla, darle cristiana sepultura junto a sus hijos y poder, por fin, hablar con esa abuela a la que nunca pudo abrazar.

A mi amigo Juanma, católico comprometido y buen demócrata, le gustaría que sacaran del Valle de los Caídos a sus dos tíos abuelos, que fueron matados allí, también por ser republicanos. Ahora son, simplemente, una de las miles de piedras que forman parte de ese mausoleo en honor a una persona que no escuchó ni al Papa y que fusiló a cuantos pudo.

El Santo Padre actual, el Papa más evangélico que he conocido, lo ha dicho: "Para cerrar heridas se tiene que desenterrar a los muertos". No es una cuestión política: es una cuestión de humanidad, para poder dejar atrás el pasado. Pero no, hay seres que se empeñan en mirar hacia otro lado, a hacer como si nunca hubieran existido fusilamientos contra las tapias de los cementerios.

Desenterrar a los de los dos bandos, devolver a sus familiares sus restos y pertenencias. Cerrar heridas y mirar hacia un nuevo presente. Pero en este país es imposible: somos una jovencísima democracia en la que aún huele a rancio pasado. Democracia es respetar las opiniones del otro sin humillarlo y ser un buen cristiano es empatizar con el dolor ajeno. Mis amigos sufren por un pasado que no han podido enterrar en un pasado que sí existió.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ
  • 12.10.19
El río refleja igual lo nuevo que lo antiguo: él no nos juzga, nace y muere en silencio. Si acaso, alguna risa entre piedras pulidas. No se cuestiona nada. Calla, pero conoce miles de historias. Nos ve pasar cada mañana sobre su puente. No hace alarde de nada. Su belleza es eterna pero fugaz para los que andamos movidos por la obligación, con los ojos cerrados al día.



Serenidad que se escapa por no contemplarla. Cuando quieres darte cuenta de las horas de agua, estas han llegado al mar. Mezcla de sal y azúcar, olas que van y vuelven. Curioso que todos los ríos necesiten un mar en el que reposar, en el que dejarse mecer, en el que abandonarse y no correr más.

Decía el poeta que nuestras vidas son los ríos que van a parar a la mar. Hay miles de mares: lo importante es encontrar el tuyo, sumergirte y aparecer en una playa en la que poder contemplar todo con perspectiva. Un sitio donde no juzgar, donde no haya una vida clara u oscura, donde haya miles de colores que amar.

Pero yo ahora necesito cruzar el puente. No puedo dejarme acunar por la corriente silenciosa que refleja esta torre de piedra que no se achica ante la nueva vigía de la ciudad: el pintalabios gigante de espejos comparte los colores de la tardía noche.

Es la hora justa de la calma. Lorenzo apenas se vislumbra, ni se ha desperezado. Los miles de pájaros guardan silencio en sus nidos y solo los humanos andamos de pie para ganarnos el pan con el sudor de la frente. Las sábanas blancas son un recuerdo lejano. Y yo deslizo mi mirada sobre el espejo de agua y despierto a la belleza.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ
  • 5.10.19
Oler a jazmín es volver a tener 10 años y volver a bajar por las escaleras, dando los buenos días al San Antonio que colgaba en la pared con el niño Jesús en brazos y unos labios muy sonrosados. Es oler a cal blanca, aceite de oliva virgen denso; a comer chorizos fritos para merendar.



Me lleva a las tardes de verano donde recogía los jazmines, aún cerrados, con una puntita blanca que prometía aromas junto a la almohada. Siempre he creído que esta pequeña flor olorosa espanta a los mosquitos. Si mi abuela decía que lo hacía, será verdad. Ella no mentía y me enseñaba cosas de la vida, sencillas, pero que alegraban el día día.

Saber encontrar la raíces de los hinojos para chuparlas, como si fuera la mejor de las chucherías. Reconocer la hierbaluisa, con la que ella se preparaba aquellas infusiones digestivas que tanto le gustaban tomar después del almuerzo. Coger romero y tomillo para hacer conejo al ajillo. Todo era natural, lejos de la rigidez de los internados. Había risas en la mesa y abrazos y mimos.

¿Y aquellos jeringos colgados de un junco? Por muchos años que pasen estarán en mi memoria: el mejor de los desayunos que he probado nunca. La sencillez de las cosas, esa que ahora anhelo y que solo encuentro cuando me alejo del “ mundanal ruido”. Como este fin de semana pasado.

Dormir hasta tarde en una casa castellana de piedra; visitar antiguas ciudades que se congelaron en el tiempo y pasear por una alameda que escondía un riachuelo donde las mamás ciervas bajaban al atardecer a dar de beber a sus pequeños.

Un ciervo joven corriendo y haciendo virguerías con sus patas traseras. Sentirme como la protagonista de alguna historia antigua de hadas y elfos. Mirar el color tierra de las montañas mientras el sol se aleja por la vía de un tren que tuvo mejores épocas. Respirar aire puro, sentir el sol, oler a naturaleza salvaje y todo ello cogida de la mano de mi compañero de vida. La felicidad tiene que ser algo como esto…

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ
  • 28.9.19
Sus padres la esperaban como agua de mayo. Y su madre soñaba con ella: con sus ojos, con sus manitas, con su cuerpecito y con su olor de bebé. Pero ella no llegaba; se resistía a llenar la casa de los jóvenes casados. Iba pasando el tiempo y cada vez se la quería con más fuerza. A su joven madre –era casi una chiquilla cuando se casó– se le iban la vista y los suspiros detrás de cada bebé. A ella le encantaban las personitas pequeñas que tratan de imitar tus gestos y huelen a pura vida.



Después de unos años en los que la esperanza había desfallecido un poquito, llegó Mercedes. Vino con el principio del otoño y fue a nacer en la capital del reino. Sus padres eran muy felices y su madre daba gracias a Dios por aquel angelito que dormía arrullado por el cariño familiar y por las mantitas, que ya en la meseta empezaba a refrescar.

Quizá fue un fallo humano o quizá tenía que pasar, pero una de sus caderitas no ajustaba bien y ningún médico lo vio... Su madre no se movió de la cunita del hospital durante aquel año en que estuvo escayolada. Tan pequeña y con las piernas fijas. Con lo que a ella le hubiera gustado moverlas.

Todo esto cambió cuando empezó a andar. Mercedes era una niña fuerte y decidida a seguir su camino. Corría como una bala con un aparato en una de sus piernecitas. Tenía carácter, el carácter de quien sabe que los obstáculos no le impedirán caminar.

También tuvo que ser operada de corazón. Quizás el exceso de amor de sus padres hizo que sus latidos fueran dobles. Le arreglaron el músculo y decidió que ella iba a ser farmacéutica.

Crecía llena de amor, con unos progenitores entregados y una familia que celebraba cada uno de sus logros. Un día de noviembre, la cigüeña le trajo una hermanita de rizos pequeñitos, que se convirtió en su muñeca primero y, luego, en su mejor amiga. Ya no necesitaba aquella muñequita negrita a la que tanto paseaba en su minicarrito.

La determinación que le permitió correr, a pesar de todo, es la misma que la llevó a la universidad y terminar con su título de Farmacia. La fuerza que habita en ella hace que los obstáculos la zarandeen pero no la dejen caer. Ella siempre ha mirado hacia adelante.

¿Y ahora estás triste porque los años corren? Porque llega un nuevo cumpleaños. Mercedes, tú no puedes estar triste. No puedes. Eres el regalo que tus papás desearon siempre. Mírate en el espejo y ve a la gran mujer en que te has convertido. Disfruta de la vida y de los momentos. Para eso sirven los años: para valorar lo bueno. ¡Feliz cumpleaños!

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ
  • 21.9.19
Cada vez que veo un anuncio y hay a un famoso publicitando las casas y webs de apuestas me entran ganas de echarles una maldición a todos los que están involucrados en ese mundo. Ando por los barrios y no veo bibliotecas o asociaciones culturales, pero sí encuentro en cada esquina una casa de juegos, con luces y colores llamativos.



Jóvenes desesperados, sin visos de futuro, con tasas elevadas de desempleo y una sociedad que te da patadas para que compres cosas, cuanto más caras mejor, para formar parte del redil de los guays y, sobre todo, para que puedas colgar tu foto en las redes. Eso sí, desde el último modelo de teléfono inteligente y, cuanto más grande, mejor.

La semilla de la adicción al juego prende como una mecha en un campo de trigo seco. Es fácil. No puedo adquirir todo lo que yo quiero, no tengo perspectivas de cambio de vida y el caminito que se vislumbra es más fácil: el juego. El puto juego que te atrapa haciéndote creer que puedes conseguir todo lo que deseas, que es fácil lograrlo y que se trata solo de insistir.

Y de repente, la persona se ve atrapada en una cárcel invisible que le hace creer que ella "controla", que ella es la que dirige su vida y que El Dorado está cerca. Deja de relacionarse con su familia y amigos; le deja de interesar todo aquello que no sea echar una moneda o sentarse en una timba de póquer.

Si coge dinero de la carrera de sus padres, no se siente culpable, total ya se lo devolverá con beneficios. Él va a ganar. Si está casado o con hijos, da igual: lo hace por ellos. Hasta que llega un día en el que el juego es su único dios y él se ha convertido en su seguidor más fiel.

El cerebro deja de pensar, de sentir, de cuestionarse cosas. Solo quiere su droga: una partidita más. Ya no le importa nada, ya no existe nada, ni nadie. Es un ser abducido que vaga solo por la calle, intentando obtener cualquier moneda que le permita, si no matar el mono, al menos adormilarlo.

En ese pozo cae mucha gente, pero es un camino unidireccional que te permite entrar fácilmente, pero te impide salir. Se necesita mucha fuerza y cuerdas ajenas para subir desde el agujero. Y los que lo consiguen viven siempre alerta porque el lobo de la adicción no duerme...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ
  • 14.9.19
Lo que más me cuesta en la vida y me sigue costando es verme como un simple ser humano. Nunca me he permitido ser humana, falible, débil, indecisa, incoherente, dudosa, ridícula... Mi mente absorbió las enseñanzas externas sobre la perfección y sobre un dios que controla, ve todo y nos juzga. Y esas ideas me tiranizan.



Me tiranizan porque dentro de mí hay sentimientos y sensaciones que no me van a hacer nunca perfecta. Como cuando te sales de una línea, siempre me he aplicado un correctivo, que si bien no hace que me duelan los nudillos por el golpe de la regla metálica, sí me produce un dolor en el pecho. El oxígeno siempre falta cuando sabes que nunca llegarás a la cumbre de la montaña. Una montaña fabricada de normas que nunca cumple nadie, ni siquiera quien las predica...

¿Quién es coherente totalmente y vive como dice que hay que vivir? ¿Quién está seguro de todo y está en posesión de la verdad absoluta? ¿Quién no tiene miedo? ¿Quién no se pierde en los laberintos cotidianos? Últimamente, voy aceptando cada vez más que soy una persona de carne y hueso, con días cambiantes, con sensaciones que van y vienen como olas. No existe la línea plana en mi vida.

Buscándome quise convertirme en una especie de monje zen capaz de sortear todas las vicisitudes sin que me rocen. Imposible. Siento, me duelen las cosas –unos días más que otros–, mi humor no lo controla ni la Luna. Todo es cambiante: esa es la única verdad.

Con las puñaladas sangro y algunas han estado a punto de dejarme sobre el asfalto. Cuando estoy abajo, de repente surge una fuerza vital que me obliga a buscar respuestas y soluciones. Una fuerza que, cuando la quiero buscar, se esconde. Ella también es cambiante. ¿Hay algo permanente, inmutable, en nuestro universo? No.

Esta mirada nueva mía me acaricia como pestañas sedosas. Me conforta como los abrazos. Me dulcifica y me libera. En este camino terrenal he hecho lo que buenamente he podido. He actuado según mis circunstancias –como diría Ortega y Gasset–, equivocándome o no, sufriendo más o menos. Y es liberador sentirse humana, como cantan The Killers: "Only human".

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

  • 7.9.19
¿Quemar un bosque o una selva y a miles de especies no está castigado? ¿No vale nada la vida de los animales grandes y microscópicos? ¿Las plantas no tienen derecho a existir? Decía mi chico el otro día, viendo uno de esos maravillosos documentales que hay de nuestro hermoso planeta: "Ojalá hubieran ganado ellos; ojalá los que hubiésemos desaparecido hubiéramos sido nosotros".



Ellos son la gran diversidad y riqueza de vida que hay sobre este planeta azul y la sinrazón de la gente y la ambición rastrera se los están cargando. Si los humanos no andáramos por aquí, no pasaría nada. No somos nada. Ni en la pirámide alimenticia, ni como aporte a la vida.

Si imagino un mundo sin personas, veo un ecosistema perfectamente regulado, donde los animales se podrían reproducir, y alimentarse unos de otros para llegar al equilibrio. Donde las plantas se comerían las carreteras y los linces podrían correr por Doñana sin que un coche los atropellase o sin que algún malnacido hiciese tiro al blanco con ellos.

Nosotros, no. Nosotros estamos podridos de ambición, de cortoplacismo, de atesorar un dinero que no vale nada después de este mundo, y que en éste solo tiene el valor que le queramos dar. Los billetes no dejan de ser papeles. Un día decidimos confiar en que ese papelito morado, azul, rojo o de cualquier color te permitía comprar cosas. Pero esa capacidad se ha desvirtuado queriendo algunos seres (¿humanos?) poseer cuentas llenas de ceros y papelitos de colores.

Me encantaría gritarles: "Imbécil, te vas a morir y, cuando la enfermedad te busque, todo eso que robas a los demás no te va a servir para nada". Quemar para recalificar terrenos, especular con ellos y obtener comisiones ilegales, creando un círculo de corrupción perfecto... De eso sabemos en España.

Quemar selva para que uno o dos humanos tengan cientos o miles de metros cuadrados para ellos solos. Que desaparezca todo aquello que tiene tanto derecho a la vida como nosotros. Se pierde para siempre singularidad, belleza, aire puro, diversidad, colores, hogares, libertad, bien común y se condena a los que tienen que venir al infierno del calor. A las generaciones futuras se les roba el espacio y el oxígeno sin que haya castigo. Y, lo que es peor, sin posibilidad de volver a tener algo que por derecho natural es suyo: la naturaleza.

Cuando veo lo que está pasando, me encantaría que existiera el infierno y que allí fueran los que encienden la mecha y los que tienen las manos sucias porque les pagan. Que sintieran en su piel lo que sufren los animalitos que han sido incinerados vivos en la Amazonia; que se ahogaran con el humo, como les está pasando a esos bonitos pájaros multicolores que planeaban libres sobre miles de árboles, que crecían verdes y fuertes hacia un cielo limpio, exhalando oxígeno para todos los que vivimos en este planeta podamos respirar.

Si existiera el infierno de fuego y ellos conocieran de su existencia, quizás su ambición y su egoísmo supino desaparecerían. Y por fin respetarían a todos los que creen inferiores, a todos los seres vivos, a sus propios hijos y descendientes. Y quizás se darían cuenta de que todos somos simples viajeros temporales que pronto se convertirán en polvo.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ
  • 31.8.19
Estás mejor que en brazos, se dice. Protegida por otro calor humano, sintiéndote querida y dejándote dormir en la confianza de que alguien te quiere y te cuida. Ella llora para que la cojan. Se está acostumbrando a los brazos, reclaman.



Pero es que es muy chica, lleva muy poco en este mundo y antes estaba en un sitio cálido, libre de cualquier peligro. No es fácil adaptarse a no sentir una piel todo el tiempo junto a la tuya. Por eso cuando la coges y la pones en tu regazo, ella se tranquiliza, se abandona al sueño, recuesta su cabecita junto a tu hombro, adopta la postura de una ranita y utiliza su manita derecha a modo de almohadita.

La sientes respirar y poco a poco sus inspiraciones y expiraciones van bailando un dulce val. La miras y el corazón se te encoge de dulzura. Te da una enorme penita decidir en qué momento tienes que soltar al angelito en su cunita.

Alma solo se expresa por la piel y el llanto. Si te quieres comunicar con ella tienes que observarla, quererla y, a través del amor, intuirla. Al principio la coges para calmarla y al final estás deseando que abra sus grandes ojos y diga algo para que puedas izarla, abrazarla y sentir su aroma cálido mezcla de leche materna, vida y colonia infantil hecha de frescas plantas.

Ya intenta hacer valer su genio: aprieta los puños y levanta su inestable cabecita cuando algo no le gusta. También tiene sus manías... No le gusta tener nada amontonado en sus pies cuando está tumbada en el carrito que le regaló la abuelita.

Es una niña buena, como todos los niños. Llora solo cuando pide algo: comer, abrazos para el dolor de barriga o que le cambien el pañal. Es un milagrito, un pequeño regalo del universo. Una escuela donde aprender qué es la vida.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ
  • 24.8.19
Voy aprendiendo que la vida son las pequeñas cosas, los "momentos brillantes" que, como dice Manolo García, duran un poco. También he aprendido que cuando algo no sale como yo esperaba, lo que llega a veces es mucho mejor. Ahora voy sentada en el tren en un asiento de los que tienen mesa que es compartida por cuatro. Yo los odio. Al principio me he enfadado porque había pedido expresamente que no fuera uno de ellos y, sin embargo, ahora estoy contenta, Nadie se ha montado, voy sola, lo que me permite estirar mis piernas perfectamente.



Para mí ha sido una bonita metáfora de que todo es cambiante. He pasado de despotricar, de criticar a la señora que me vendió el billete, a disfrutar de un espacio amplio, sentada al lado de la ventanilla, viendo cómo un blanco sol de agosto se niega a irse a dormir.

De los periodos en que me duele la pierna y el pinzamiento del nervio ciático no me deja andar, he descubierto el placer de viajar en cualquier medio de transporte sin tener que hacer esfuerzo. Siempre que yo no conduzca, claro. Me siento como en una alfombra voladora que me lleva a mi casa sin tocar el suelo, sin dolor. Como por arte de magia, vas de un lugar a otro.

Ayer pasé un día precioso con mi chico y su amigo del alma. Me sentí de nuevo niña hablando con la hija del amigo y nadando en el pantano. Recordando aquellos tiempos lejanos en los que en el pueblo íbamos a un pantano cercano con mis primos y donde ninguna playa podía dar más felicidad que aquella Aguadulce rodeada de piedras suaves.

Salir de la ciudad, alejarse de la civilización para ver la naturaleza, los pinos y sentir que el aire que llega a mis pulmones es fresco, limpio y lleno de oxígeno. Pasear en barquito sintiendo las gotitas que el aire arranca de la superficie del agua, olvidando la canícula de todo el día. La gente sencilla siempre me gusta, me hace fácil el camino, sin estrategias, ni apariencias: solo sonrisas de comprensión. La calidad humana no tiene precio y no se puede comprar.

Nada de estridencias, nada de cosas fantasiosas. Solo la vida con sus cositas, con sus momentos de calma y paz, de amor y caricias. Sin planes, sin objetivos, sin “tiene que ser”. Solo siendo todo como es.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ


  • 17.8.19
Él dice que la culpa de todo lo que le ha pasado en la vida la tiene él. Él es culpable de haber tenido una infancia llena de carestías; él tiene la culpa de trabajar como un burro para que a su familia no le falte de nada. Culpable de haberle dado todos los caprichos a sus hijos porque no quería para ellos la misma infancia que él había tenido. Culpable de generosidad, de gastar ese dinero que tantas carreteras le costó.



Él piensa que no debería haberle regalado a su hijo aquella moto. Él piensa que lo malcrió y que por eso ya no está…. También piensa que el ictus que lo ha dejado medio dependiente se lo ha buscado él por tanto correr. ¡Qué duros somos con nosotros mismos! Sobre todo cuando se ha ido por la vida con buena fe.

Querer escapar del frío y del hambre, querer que sus hijitos tuvieran todo lo que él no tuvo, que ni siquiera se atrevió a soñar. No era despilfarro: eran sonrisas. Las sonrisas de sus niños con sus regalos y su mesa llena de comida. Es difícil encontrar el equilibrio; es difícil realizar perfectamente el papel de padre. Nos movemos por instintos y el de protección es enorme, sobre todo cuando te duele tu sangre.

Padrazo de brazos abiertos que no supo dar con goteo, que no supo crear frustraciones, que solo supo trabajar y regalar. ¿Quién se atreve a juzgar? ¿Quién ha vivido en su piel? Nos reparten unas cartas cuando lanzamos el primer grito y las movemos lo mejor que sabemos.

No nos hicieron perfectos, no es verdad. No nos acercamos, ni de lejos, a esos modelos ideales de sonrisas dentífricas. Nuestra mente es complicada, nuestras decisiones están llenas de emociones, de sentimientos y, a veces, de muy poca razón. Pero es que solo somos humanos.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ


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