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  • 5.1.20
Ya nos encontramos en el 2020, habiendo traspasado esa línea imaginaria que supone el último día del año y, por ahora, acercándonos hacia el final de las Navidades. Sin embargo, no se han cerrado del todo ya que queda todavía algo verdaderamente mágico para niños y niñas: la llegada de los Reyes Magos.



Este es un ritual que desde tiempo inmemoriales se celebra, pues queda constancia de ello tanto en múltiples relatos, orales y escritos, como en las obras de los grandes pintores que desde la Edad Media hasta nuestros días han plasmado con gran carga de imaginación, sus recorridos o llegadas al portal de Belén (caso, por ejemplo, de la obra El cortejo de los Reyes Magos del pintor renacentista italiano Benozzo Gozzoli y de la que presento un fragmento más abajo).

En la actualidad, no nos queda más remedio aceptar que este gran evento se haya convertido, en cierta medida, en algo desmesurado, ya que a los pequeños se les atiborra de juguetes por parte de los miembros de la familia (padres, abuelos, tíos…) de modo que, sin ser consciente de ello, se les inicia en el consumismo, uno de los grandes males de nuestra sociedad y que, por desgracia, con el paso de los años resulta muy difícil de erradicar, pues acaba siendo parte de los hábitos personales.

Pero no voy a entrar a analizar este fenómeno, dado que sé por las investigaciones que llevo a cabo que también hay padres sensatos que intentan que sus hijos no entren en esta dinámica tan extendida en estos tiempos que vivimos.

También sé que hay gente que me estará leyendo que recuerde que en aquella lejana infancia solo venían los Reyes Magos a traernos esos juguetes que tanto nos ilusionaban y que durante las vacaciones navideñas los esperábamos impacientes. Lo malo es que habían situado la llegada de los Magos de Oriente el seis de enero, cuando se acababan las vacaciones y apenas teníamos tiempo de disfrutar.

Sobre el maravilloso relato de los Reyes Magos (dado que sabemos que no es un hecho histórico constatable) hay algo que suele salir a debate cuando se hace referencia al desencanto que sufren los pequeños cuando alguien mayor, o de su propia edad, les indican que no existen y que en realidad son sus propios padres.

En mi caso particular, que yo recuerde, siempre supe que quien nos traían los regalos eran los padres, quizás porque alguno de mis hermanos mayores se encargó de contármelo; no obstante, para mí no era ningún problema, ya que esperaba con la misma impaciencia la llegada de ese día emocionante en el que me levantaba muy temprano para ir al salón de la casa a comprobar que no se habían equivocado en lo que yo les pedí.



Acerca del tema de las creencias infantiles, abordaré en un artículo posterior el modo en el que niños y niñas piensan sobre lo que es real y lo que es ficción, puesto que uno de los hechos pocos conocidos es cómo se articula la realidad y la fantasía en sus mentes. De este modo comprobaremos la diferencia que existe entre mentirles (cosa que nunca debemos hacer) y el participar en una fiesta colectiva, de raíces tradicionales, que para ellos supone un enorme disfrute y un despliegue de sus capacidades de imaginación e inventiva.

¿Y qué pienso de la figura de Papá Noel que, paso a paso, se ha introducido en nuestro país y ahora convive y compite con nuestros Reyes Magos, de modo que los padres se ven abocados a duplicar los regalos y a tener un gasto extra, puesto que las presiones sociales y comerciales les empujan a ello?

La verdad es que de algún modo siento un cierto rechazo a la figura foránea del Papá Noel, que no se corresponde para nada con las tradiciones de los países mediterráneos, y que ha arribado como un producto más de consumo internacional que se extiende por todos los países.

Y es que antes de que lleguen los días de Navidad, aparece en los centros comerciales ese personaje regordete con barba y pelo canosos, con ropaje de color rojo y blanco, para invitarnos a gastar al máximo, puesto que fue diseñado en los Estados Unidos, país que se ha convertido en la meca del consumismo.

Recordemos que Santa Claus, San Nicolás o Papá Noel, que a fin de cuentas son lo mismo, tiene su origen en los países fríos del centro y del norte de Europa, y que entrando por la chimenea penetra en los hogares para traerles los regalos a los niños el día de Navidad.

Pero a diferencia esos magos que vienen en camellos por áridas y cálidas tierras llenas de palmeras hasta el rincón más humilde y alejado de la geografía española, la imagen que actualmente tenemos de Papá Noel, tal como en alguna ocasión he apuntado, se ha convertido en un producto internacional de consumo gracias a la Coca-Cola.



Para explicar su nacimiento, hagamos un poco de memoria y recordemos que el origen de la marca Coca-Cola se encuentra en la ciudad de Atlanta, en una farmacia que estaba regentada por un boticario llamado John Pemberton. Allí, en 1885 y en las traseras de la botica, Pemberton, en medio de sus habituales experimentos, produjo un vino francés a base de coca. Más adelante, modificó la fórmula omitiendo el alcohol y añadiendo otras esencias vegetales. Fórmula que la marca nunca ha dado a conocer del todo.

Al año siguiente, en 1886, Pemberton con su socio Frank Robinson empezaron a vender la bebida en la ciudad, a la que inicialmente denominaron como ‘Jarabe y Extracto de Coca-Cola’, para posteriormente quedarse como Coca-Cola. Dice la leyenda, que en cierta ocasión descubrió que algunos de sus empleados diluían el nuevo jarabe con agua fría y lo bebían para mitigar la sed en los calurosos días de verano de las tierras sureñas. De ahí surgió la idea de vender el jarabe como la bebida refrescante que hoy conocemos.

Desde el punto de vista de la comercialización, uno de los grandes saltos se produce en la década de los treinta del siglo pasado, cuando Coca-Cola Company le encarga al publicista Haddon Sundblom que diseñe los carteles para la promoción de la bebida durante las fechas navideñas. Así, Sundblom pinta un Papá Noel que lleva en su ropaje los colores del logotipo y de las etiquetas de la famosa bebida: rojo y blanco.

De este modo, la nueva imagen del Papá Noel se divulgó por todos los países en los que se tomaba ‘la chispa de la vida’, tal como años después se anunciaría la bebida. Serían, pues, los carteles de Sundblom los que proporcionarían una imagen unificada de Papá Noel, ya que en sus anteriores representaciones navideñas de los libros, grabados, litografías, carteles, etc., aparecía en distintas formas y con colores diversos.

Puesto que la publicidad está pendiente de todos los detalles, en años posteriores a su aparición, el diseñador estadounidense le quitó el color rojizo a los mofletes y a la nariz del primer Papá Noel que había creado, ya que parecía un borrachín y no era cuestión de que la imagen que ahora se difundía internacionalmente fuera objeto de mofa.

De este modo, se creó ese campechano y regordete abuelo, que con barba y pelo blanco nos invita, campanilla en mano, a que pasemos unas felices fiestas brindando con una botella de Coca-Cola, y, aunque en estos días la compañía no acuda a esta imagen, puesto que ya no la necesita, ahí quedan sus colores para que no nos olvidemos de consumir todo lo que podamos.

Así pues, siempre preferiré a esos Reyes Magos que ahora llegan cargados de caramelos el día anterior a los regalos que dejan en las casas para que los pequeños, con miradas de asombro, los vean en carrozas, más o menos ataviadas, y que llegan hasta el rincón más modesto de nuestro país.

AURELIANO SÁINZ

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