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  • 9.12.20
Nació en Riotinto, en las famosas Minas de Riotinto, que fue colonia inglesa desde 1873 hasta mediados del siglo XX. Era un republicano de izquierdas, un idealista como todos los de izquierdas de aquellos tiempos porque creían en el corazón y la bondad de las personas y en un mundo feliz donde todos eran hermanos proletarios. Vivía con su mujer y dos hijos en ese pueblo de tierras rojas, tierras que parecen bañadas de sangre: la de los hombres que perdían la vida bajo toneladas de escombros en el propio corazón de la tierra.


Las gentes que lo habitaban decían que los ingleses habían dejado cosas buenas y malas. Las malas las dejaremos para otro momento, pero las buenas eran que sus obreros debían tener una cultura: ellos no querían analfabetos en sus minas. Nada más llegar, y a la vez que construían casas para sus obreros, edificaron varias escuelas. En el siglo XIX pocos pueblos podían decir que tenían escuelas. Por este motivo, por su cultura, los mineros tenían una gran conciencia crítica y de clase.

En Riotinto se editaba y se leía prensa obrera desde la primera Revolución Industrial. Allí además se vivió el famoso Año de los Tiros, que en otro momento contaré; de modo que no se quedaron de brazos cruzados cuando el Gobierno legítimo de la República anunció la traición de unos generales y sus aliados, los terratenientes y banqueros. Más tarde, estos asesinos se alinearían con otras alimañas más peligrosas aún: los nazis y los fascistas de Mussolini.

La guerra en un pueblo minero no era igual que en otros lugares, ya que tenían más armas. Los hombres cargaban dinamita de las minas en camiones que previamente mal blindaban y salían en columnas a luchar contra las tropas franquistas. 

Una de esas columnas fue la que se dirigió a Sevilla, cargada de hombres que recogína por los pueblos que pasaban. La Guardia Civil los escoltaba, pero el capitán Haro, que dirigía la columna, los traicionó adelantándose con todos los guardias para esperarlos en Camas junto con las tropas de Queipo de Llano, el genocida que se terminó instalando en Sevilla. 

Fue una masacre: los camiones cargados de dinamita estallaron y murieron muchísimos mineros que iban a luchar por la democracia. Los que no murieron quizás lo hubiesen preferido porque, después de estar hacinados en un barco-prisión en el Guadalquivir, fueron fusilados en las murallas de la Macarena.

Pero volvamos al principio. Joaquín vivía de su trabajo de obrero en la mina. Tenía 33 años cuando estalló la sublevación. Pertenecía a la UGT y, al comienzo de todo, el sindicato reunía alimentos y provisiones para los más necesitados en el pueblo. 

En una de estas requisas participó y escoltó, junto con algunos otros, un camión que se dirigió a Higuera de la Sierra a cargar trigo que luego cambiarían por harina para llevarlo a la panadería de la viuda de Centeno y hacer pan para la gente del pueblo.

Otro día le pidieron que fuese con unos cuantos a desarmar a los guardias civiles para evitar lo que habían hecho los de Sevilla. Joaquín fue y en la Comandancia había dos agentes. A él le tocó desarmar a un tal Tomás P. C., que vivía en una casa fuera del cuartel. Y esa fue su perdición.

El 23 de agosto de 1936, las tropas traidoras entraron triunfales en Riotinto. No hubo un solo tiro pero, no obstante, empezó un periodo marcado por la crueldad y la sin piedad: mujeres y hombres torturados; sacas de las casas de madrugada para fusilamientos en la tapia del cementerio... Decenas de vidas rotas por ser leales al Gobierno demócrata. 

El pueblo quedó arrasado, pero no por las bombas ni por la lucha, porque no la hubo. Las gentes tenían tanto miedo de lo que escuchaban que hacían en otros pueblos que sacaron las banderas blancas a las ventanas y no se oyó ni un solo disparo. Lo que sí hubo fueron humillaciones y torturas. Riotinto quedó muerto con cientos de huérfanos y viudas. Y un silencio y un miedo que durarían más de cuarenta años.

Trascurrido un año seguían con las matanzas. Pero, ahora, los detenidos eran juzgados por un supuesto tribunal nombrado por ellos, por los traidores, en el que el abogado defensor formaba parte de los acusadores. Por tanto, ni era un juicio real ni, muchísimo menos, era un proceso justo.

El 17 de noviembre de 1937 Joaquín es detenido por la pareja de guardias civiles a los que les quitaron las armas. En concreto, fue esposado por Tomás P. C. quien, a la postre, se convertiría en su asesino. En el atestado se lee, literalmente, que se levanta contra “el sujeto Joaquín Fariñas Mallorca, por haber tomado parte activa en el movimiento marxista durante el dominio rojo, en esta barriada, el año anterior, el cual queda en el Depósito Municipal a disposición de la autoridad”. Por cierto, Joaquín Fariñas Mallorca era mi abuelo.

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