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  • 9.3.21
Un simple rapero, maleducado y grosero, se ha convertido en el adalid de la libertad de expresión en nuestro querido país. Todo porque varios jueces han decidido encarcelarlo cuando, realmente, no merece la pena mantenerlo con fondos públicos en una cárcel. Y a esos jueces habría que explicarles que la libertad de expresión es un derecho constitucional y que, por muy sinvergüenza que sea un individuo, han de medir bien las consecuencias de sus sentencias.


Estas consecuencias ya se veían venir de lejos porque, por mucho que repugnen las letras de sus canciones, hay que respetar la libertad para que ese impresentable tenga sus derechos constitucionales a salvo y, de paso, los tengamos todos.

El rapero ha sido condenado por enaltecimiento del terrorismo e injurias a la corona, pero no ha sido encarcelado por esto, sino por reincidente y provocador. También tenía sentencias por atacar y agredir a un periodista, amenazar a un testigo y por obstrucción a la justicia.

De modo que a un chalado, niño de una familia adinerada y que tiene varias sentencias por otros actos que sí son delictivos y que nadie conoce por mucho rap que cante, lo han hecho famoso. Es más, lo han hecho cabeza de un movimiento necesario porque, a todas luces, lo que sí se está cuestionado es el derecho de cada uno de nosotros a poder expresarse libremente.

Estamos cansados y aburridos de tanta pandemia, de no poder abrazarnos ni reunirnos con nuestros amigos. Las personas ya están ahogadas de no poder respirar, de no ver sonrisas en los demás. Esta pandemia asesina nos ha quitado los sentidos: no podemos sentirnos los unos con los otros porque, además de no poder tocarnos, tenemos que guardar las distancias y es muy triste encontrarnos solos, aunque estemos rodeado de gente.

Los disturbios sucedidos a consecuencia del famoso rapero no cabe la más mínima duda de que también son consecuencia de esta situación: la gente está desesperada a causa de tanto encierro y se generan conflictos y depresiones que llevan a algunos a destrozar cosas o a suicidarse.

De este modo, la causa principal que es la libertad de expresión queda solapada por un espectáculo de lo más lamentable: heridos, rotura de escaparates, asaltos a tiendas... Incluso se prendió fuego a una furgoneta con un policía dentro. Y todo provocado por unos jóvenes convencidos –o no– de que los jueces van en contra de unas ideas que ellos pretenden representar.

Pobres diablos, que creen representarnos con una violencia desmedida que no es de derechas ni de izquierdas, sino simplemente fascista. Es decir, una serie de niñatos fascistas quieren representar a una gran parte de la sociedad que quiere que se respeten nuestros derechos. Pues no: no es así como se hace. Debemos saber que no es igual la desobediencia civil que el terrorismo callejero y, lamentablemente, es esto último lo que hemos sufrido en las últimas semanas.

Es lamentable que el debate principal y necesario sobre la reforma del Código Penal para que cualquier ciudadano pueda decir lo que quiera –siempre y cuando no ponga en riesgo los derechos de los demás– lo personifique un personaje tan insignificante como este rapero.

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