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Aureliano Sáinz | Franz Kafka y la educación

Cuando hemos alcanzado cierta edad (no podría precisar en qué momento) solemos mirar hacia dentro de nosotros y contemplarnos como los protagonistas de unas historias que, en gran parte, no fuimos los que las escribieron, sino los actores de unos guiones que estaban concebidos para que actuáramos lo mejor que pudiéramos, sin salirnos, claro está, de las lindes previamente marcadas.


Esta reflexión viene a cuento tras la lectura de los Diarios de Franz Kafka, extenso volumen de más de mil páginas que recoge aquello que este genial escritor checo fue plasmando, sin un orden prefijado, en cuadernos y sin que tuviese la intención de publicarse.

Me llamó especialmente la atención unas páginas destinadas a explicar en qué consistió la educación que recibió, la que marcó profundamente su carácter inestable, inseguro, apocado y con fuertes sentimientos de culpa.

Puesto que siempre he pensado que quienes se expresan con abierta sinceridad también nos sirven de algún modo para entendernos a nosotros mismos, creo de interés destacar algunos párrafos para que conozcamos su experiencia, al tiempo que pueden ser útiles para saber cómo fuerzas externas a nosotros terminan ejerciendo un enorme poder conformador en los años en los que comenzamos a movernos por el mundo.

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—Pensándolo bien, he de decir que mi educación me ha hecho mucho daño en no pocos sentidos. Este reproche se dirige a mucha gente, a saber, a mis padres, a algunos parientes, a ciertos visitantes de nuestra casa, a diversos escritores, a una cocinera muy concreta que estuvo durante todo un año llevándome a la escuela, a un montón de mis profesores (a los cuales he de mantener bien apretados en mi recuerdo, pues de lo contrario se me escapa aquí y allá uno, pero como los he comprimido tanto, el conjunto vuelve a disgregarse por algunos lados), a un inspector escolar, en resumen, este reproche es como un puñal que va zigzagueando a través de toda la sociedad.

Conviene recordar que Franz Kafka nació en el seno de una familia judía en 1883, en la bella ciudad de Praga, la capital de la antigua Bohemia. Con la lectura de su Carta al padre podemos entender cómo la figura paterna fue determinante, en gran medida, en esa educación que tanto daño le había producido.

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—Ahora bien, alguien podría pensar que un reproche dirigido a tan gran número de personas pierde solidez, tiene que perder solidez por la fuerza, pues un reproche no es un general al mando de un ejército: el reproche avanza en línea recta y no puede dividirse. Mucho más en este caso, en que se dirige contra figuras del pasado. (…) De qué puede servir señalar ahora los errores de unas personas que en ese estado cometieron alguna vez, en otros tiempos, en la educación de un niño que a esa gente le resulta tan incomprensible como ella a nosotros.

Conocedor a temprana edad del checo y del yiddish (la lengua que utilizaban los judíos en la ciudad de Praga), no obstante, escribió su obra en alemán. También los Diarios, que los inició en 1910, cuando contaba con 27 años, acabándolos en 1923, un año antes de fallecer.

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—Pero si uno consiguiera realmente hacerles oír y hablar, le lloverían los contrarreproches, ya que los seres humanos se llevan al más allá la creencia en la respetabilidad de los muertos y la defienden desde allí con un ímpetu diez veces mayor. Y si acaso eso no fuera cierto y los muertos sintiesen un gran respeto hacia los vivos, entonces ellos se remitirían a su pasado de personas vivas, que es el que más cerca les queda, y otra vez volverían a llover los reproches.

Franz Kafka, sorprendentemente, no recibió el premio Nobel de Literatura, a pesar de ser uno de los grandes creadores en el campo de esta disciplina. Sin embargo, ha tenido un reconocimiento único, puesto que la palabra “kafkiano” se ha incorporado a los distintos idiomas como expresión contundente de lo absurdo y lo irracional. Personalmente, no conozco ningún otro caso de escritor que haya recibido semejante honor.

—Ese es el reproche que yo he de hacer. Tiene un interior sano, la teoría lo sostiene. Lo que realmente han estropeado en mí, o bien lo olvido por el momento, o bien lo perdono, y por esas cosas no protesto. En cambio, puedo demostrar que en cualquier momento que mi educación quiso hacer de mí alguien diferente de quien he llegado a ser. Así pues, lo que les reprocho a mis educadores es el daño que, de acuerdo con sus intenciones, podrían haberme causado; les reclamo el ser humano que soy ahora, y como no pueden dármelo, les hago con mi reproche y con mis risas un redoble de tambor que penetra en el más allá.

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A lo largo de esta parte de los Diarios aparece de manera constante la palabra “reproche” como un sentimiento que se ha enquistado en lo más hondo del escritor. Sentimiento que carece de toda posibilidad de solución, puesto que es imposible dialogar o pedir cuentas a quienes ya no están para que puedan explicar las razones por las cuales se le educó en contra de sus deseos y de las expectativas que todo niño, con mayor o menos realismo, porta en su interior.

Quizás, tal como apunté al principio, todos nosotros también portemos algunos reproches internos hacia aquellos que actuaron en contra de lo que creíamos justo, de lo que hubiéramos deseado recibir y que no nos ayudó en nuestro desarrollo como personas; pero, como nos dice el escritor checo, todo esto se convierte en algo de difícil o imposible solución.

AURELIANO SÁINZ
ILUSTRACIÓN: ANDALUCÍA DIGITAL

EVA LARA - ASESORA PERSONAL INMOBILIARIA

COOPERATIVA AGRÍCOLA LA UNIÓN (MONTILLA) — VÍBELO — BLANCO PEDRO XIMÉNEZ FRIZZANTE


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