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DIPUTACIÓN DE CÓRDOBA

CLÍNICA PAREJO Y CAÑERO - ÚNICO HOSPITAL DE DÍA DEL CENTRO DE ANDALUCÍA

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  • 3.10.22
Siempre me quedo escuchando tu nombre cuando los campos pierden la luz del día y la noche lo impregna todo de una oscuridad necesaria y reconfortante. Miro el cielo estrellado cuando el sol se pone en lontananza y ya ha perdido el fulgor con el que arranca cada mañana.


A veces, me quedo esperando que tus ojos alumbren el camino que anduviste sola cuando me dijiste adiós sin paliativos. A mí también me gustan las despedidas breves, los actos sin justificaciones y los convencimientos sólidos como árboles arraigados a la tierra.

Sé que necesitabas abrir tu vida al mundo, dejar la casa vacía de sombras, entender que nadie es necesario para sobrevivir a los reveses de la vida. Sé que serás feliz, porque nunca más llamaste para desearme un feliz cumpleaños, para decirme que te gustó el último libro que leíste o que siempre bebes el mismo vino de nuestros encuentros cuando la nostalgia te sabotea el cuerpo de intenciones imposibles.

Yo no he cambiado de costumbres, porque uno se aclimata a mirar el río cuando llueve, a protegerse de los huracanes que nadie se atreve a anunciar, a derrochar horas sin sentido en las fiestas que no frecuento.

La soledad se ha adherido a mi piel como un gato fiel que no me abandona, y en esas horas en que tus ojos me persiguen por calles siniestras, yo acelero el paso para no perderme en lupanares de lujo o en conferencias donde cualquier entendido desentraña la magia del futuro como antes los brujos adivinaban el porvenir abriendo corderos en canal o decapitando enemigos o comiendo el corazón vivo de doncellas adolescentes.

Yo no quiero mapas que me confundan, ni guías turísticas que me entretengan, ni festivales que me diviertan o mesías que perdonen todas mis culpas o santones que inventen pecados que no tengo, ni ambiciones que no están hechas para mí, ni mujeres que pretenden esposarme sin amor.

Me he acostumbrando a recordar tu nombre de barco encallado en alta mar cuando la marea brama por romper los recuerdos que ya estaban rotos. Aquí sentado, observo que el mundo cabe en este paisaje que abarca la mirada de un hombre cansado que soy yo y que ya no tiene prisa por subirse al autobús que tiene programada su llegada cada media hora.

Aquí, en este paraje que es mi casa ahora, vivo un presente sin aditivos y sin sorpresas, solo pendiente de no alterar el silencio cuando el silencio se pone, o de no prolongar la noche cuando la noche claudica ante la impertinencia de los sueños más voraces.

No te he escrito durante todo este tiempo porque entiendo que no hay que llamar a ninguna puerta para que la puerta se abra, que no es necesario pedir perdón si en el ánimo no había ofensa cursada, porque si algún día vuelves será porque este paisaje también es tuyo y el mundo es inabarcable en una sola vida y a veces necesitamos detener nuestros pasos, sentarnos a la vera del camino, recostarnos a la sombra de un árbol milenario y pensar cuánto trecho hemos dejado atrás, si hay posibilidad de desandar lo andado, de resucitar lo vivido, porque a veces, aunque muy a poco, la vida confunde las direcciones, agota las zonas de recreo, invalida los viajes de ida y vuelta, y nos deja en lo más hondo una sensación de incertidumbre que nos aturde y se detiene en seco como un caballo desbocado.

Yo miro tus ojos consciente de que ya no serán los mismos, veo a través de ellos los acantilados que tú imaginas, los cielos a los que nunca subiste por miedo a que el vértigo desbaratara el encanto de la imprudencia.

Nada te reprocho. Miro ahora los ojos que tengo frente a mí que en nada se parecen a los tuyos, y sé que soy feliz porque me miran con la indolencia que necesito, y es ahí donde hallo la serenidad que me aleja del dolor y la felicidad que me empuja cada día a poder vivir sin tu ternura de mujer desvariada.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 21 de marzo de 2011.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
  • 2.10.22
Se encuentra en imprenta, y a punto de salir, el libro que he escrito con el título de Vida y muerte de don Álvaro de Luna. La historia del castillo de Alburquerque y la lucha por conservarlo. La razón de ello se debe a que Álvaro de Luna fue el personaje quizás más poderoso, tras el rey castellano Juan II, en la primera mitad del siglo XV.


Aunque el motivo de fondo se encuentra en el hecho de que el castillo de Alburquerque fue una de las fortalezas que le pertenecieron, por lo que en el pueblo en que nací se le da el nombre de Castillo de Luna.

También porque la lucha que llevamos en la Asociación para la Defensa del Patrimonio (Adepa) en contra del proyecto auspiciado por la Junta de Extremadura y el Ayuntamiento de la localidad para transformar la fortaleza en una horrenda hospedería se puede calificar, aunque parezca un exageración, de casi titánica, pues lograr que una pequeña asociación, tras las numerosas movilizaciones, echara definitivamente para atrás en los tribunales ese proyecto resulta ser bastante inaudito en nuestro país.

Cuando el libro esté en la calle escribiré de forma más detallada sobre esta publicación, pues la historia de don Álvaro de Luna fue verdaderamente apasionante, ya que siendo hijo ‘ilegítimo’ de María Fernández la Cañeta llegó a escalar los más altos cargos del reino y acumular una inmensa fortuna. También sabemos que, finalmente, acabó cruelmente decapitado en la Plaza Mayor de Valladolid el 2 de junio de 1453, siendo su cabeza expuesta al gentío colgada de un garfio o garabato, como escarnio público del antiguo valido del monarca.

De su imagen solo conservamos una tabla que fue encargada, en 1488, por su hija María a Sancho de Zamora, es decir, treinta y cinco años después de su ejecución. Se encuentra en la capilla de la catedral de Toledo, donde está enterrado junto con Juana Pimentel, su segunda esposa (muestro abajo un fragmento de este retrato suyo).


Sin embargo, en esta ocasión, quiero abordar algo poco conocido de este personaje. Resulta que Álvaro de Luna fue el autor de una obra titulada Libro de las virtuosas e claras mugeres, texto relevante de la primera mitad del siglo XV y del que solo teníamos conocimiento de manera parcial hasta hace pocos años que se editó de manera completa con los minuciosos análisis de dos excelentes investigadores: Lola Pons Rodríguez, cuyo trabajo vio la luz en 2008, y de Julio Vélez-Sainz, que lo publicó un año después.

No deja de ser sorprendente que el de la casa de Luna se preocupara y ensalzara la vida de mujeres en una época en la que ellas apenas tenían significación fuera del trabajo doméstico y la de traer hijos al mundo (también como medio de enlaces matrimoniales y de acumulación de las grandes fortunas o de los territorios).

Con toda lógica, el Libro de las virtuosas e claras mugeres aparece ahora editado tal cual fue escrito en el castellano de la baja Edad Media; no obstante, su lectura atenta da lugar a que entendamos, de manera general, el significado de lo que en él se dice, aunque haya algunas palabras algo difíciles de comprender.

El texto se encuentra dividido en tres partes o tablas. La primera parte está destinada a exponer las virtudes de nombres femeninos del Antiguo y Nuevo Testamento; la segunda, a las de las mujeres del mundo clásico y, la tercera, a las de féminas cristianas que tuvieron rangos de reinas o pertenecientes a la nobleza.

El primer folio de la obra (Incipit) se encuentra dedicado a la presentación del autor y a explicar el contenido de los tres libros o partes principales. En el párrafo inicial, cargado de loas hacia Álvaro de Luna, podemos leer:

Comiença el libro de las virtuosas e claras mugeres, así santas como otras que ovieron spíritu de prophecía, e reinas, e otras muy enseñadas. El qual fizo e compuso el muy noble e ínclito, e muy esforçado cavallero e muy virtuoso señor varón siempre vencedor e de muy claro ingenio don Álvaro de Luna, maestre de la horden de la caballería del apóstol Santiago del espada, condestable de Castilla, conde de Santestevan e señor del Infantadgo, so el señorío e imperio muy alto e muy excelente soberano príncipe e muy poderoso rey e señor don Juan Rey de Castilla e de León, e rey segundo de los reyes que en los sus reynos ovieron este nombre”.

Una vez que ya entramos en la obra, comprobamos que en total son 88 nombres de mujeres de las que nos habla, considerándolas a todas modelos de virtud cristiana, aunque las del segundo libro, curiosamente, pertenecieran al mundo clásico. La razón de que escriba sobre ellas se debe a “porque inhumana cosa nos paresçió de sofrir que tantas obras de virtud e enxemplos de bondad fallados en el linaje de las mugeres fuesen callados en las oscuras tiniebras de oluidança”.

Loable objetivo del condestable de Castilla el de rescatar de “las oscuras tinieblas del olvido” nombres de mujeres, ensalzando sus virtudes y cualidades, tal como se tenían en consideración en una época con valores bastante distintos a los actualmente predominantes. Y no me extiendo más, dado que el estudio realizado por los dos investigadores citados es exhaustivo, de lo que se deduce la importancia que tiene este libro que ya está al alcance de todos.

Imagino, finalmente, que don Álvaro de Luna buscaría esas cualidades que describe en su obra en las dos mujeres que compartieron sus vidas con él. La primera esposa, Elvira Portocarrero, que falleció tempranamente sin que tengamos datos precisos de la fecha de la defunción, y, la segunda, Juana Pimentel, apodada La triste condesa, que sobrevivió 35 años a la ejecución de su marido, ya que ella falleció en Guadalajara en 1488.

AURELIANO SÁINZ
  • 1.10.22

Tan repentino, la sacó de su recreo o ensoñación parlante. Quiso acudir, se incorporó con automática brusquedad, golpeó con el vasito en la bandeja; pero desistió: «Tendría que haber puesto el cartelito. Bueno, si tiene interés, ya volverá», recuperó la postura y quiso, también, el interrumpido compás de sus recuerdos.

Sin llegar a cohete, anduve oportuno, y en un tilín proveché la interrupción para intercalar una pregunta:

–¿Dónde conoció al señor Castilla? –amagué, ágil, la confidencia.

Se inclinó hacia mí; su cuerpo generoso exhalaba un tibio aliento dulce-amargo de madera verde y naranja confitada.

–¿Castilla? ¿Conocer al señor Castilla? –rememoraba en su despiste, parada en el «señor»–. Pero, pero… vamos a ver, ya me he cansado –apretó y soltó el collarón de pedrería ámbar que adornaba su escote; después, sus manos tontearon un poco en el aire. Se retrepó severa, muy erguida, con mucha rumazón en la cara–. Cuando usted dice desaparecido, ¿a qué se refiere? ¿Lo han secuestrado?, ¿se ha fugado?, ¿ha perdido la memoria y vaga por ahí como alma en pena? Y yo –soltó un par de abanicazos con la mano– echo el ratito con usted. ¡Todo esto…!

Se levantó, plantó el pie: ya le comenzaba a tronar la tormenta, y reunió las manos, el agudo filo de sus diez uñas nacaradas.

–Tanto tiempo sin hablar conmigo. ¿Para recibir una broma, esta broma? –creo que se le agolparon unas cuantas palabrotas en la boca, y el esfuerzo por contenerlas le arrugaba la frente; pero algo, un pensamiento oportuno, le enfrió los bríos–. No, que va, él no es de bromas; Pepín, no. ¿Entonces…? –preguntaba, me urgía.

Con calma me puse a su altura; bueno, algo más alto: ella no me alcanzaba a las cejas.

–Señora –pausado, con gravedad–, la última vez que alguien habló con el señor Castilla fue el quince de marzo, por teléfono. Desde entonces nadie sabe de él. Terminó su excedencia y no se ha reincorporado. Ni amigos, ni colegas, ni vecinos han vuelto a verlo. Por eso me han contratado. Por eso estoy aquí, molestando. Le ruego que me disculpe.

Me escrutó, severa, suspicaz. Descubrió que el asunto parecía grave, cualquier broma estaba fuera de lugar. Decidió sentarse y me ordenó con un gesto que yo también lo hiciera.

–¿Lo sabe la policía?

–Lo sabe.

–¿Y usted me pregunta dónde lo conocí? –sonaba a choteo.

–Sí, entre otras cosas –mantuve la seriedad.

Ella se lo pensó: evaluaba si merecía la pena continuar la conversación, y debió de concluir que al seguirme la corriente no perdía gran cosa, sobre todo después de la peripecia que con tanta ligereza me había contado.

–Pues, bueno… –carraspeó, tomó el vasito, bebió y recobró el tono–. Nos conocimos en el Instituto Italiano, en la proyección de una película que algún crítico evocaba como secuela, yo diría rémora, del anticuado spaghetti western: «Reúne sus valores», ponía en el folleto… ¿pero qué valores?, el muy cretino, y continuaba con la faramalla de frases hechas. Yo hacía un papelito muy mono en ella: me violaba el Malo. El Bueno mataba al Malo y a veinte o treinta de sus secuaces. Yo me colgaba de su cuello, lo besaba y Fin. Acudí por Aldo, el director, un encanto, siempre tan afectuoso, que se acordó de mí… –me miró con dudas–. ¿Sigo, esto le parece…?

–Por favor –me incliné hacia delante, con el mayor interés.

–Ya… Ejem… Mi importancia, en aquel acto, se agigantó porque fallaron los protagonistas: si uno estaba achacoso, el otro ya nos dejó para siempre. Pero, en fin, allí estaba yo y allí lo encontré, al buen señor que usted busca: un tímido que se atrevió a decirme que lo único reseñable de aquella película era yo. ¡Imagine! Semejante piropo era, directamente, un insulto. En vez de botarlo de mala manera, resulta que a la tonta aquella le gustó. Lo hallé tan culto, tan ponderado y tan… lamentable; iba tan a juego, ¡qué guapísima estaba yo!, con mi engreída insignificancia… que me fascinó. A él le fascinó, no mi fama, no mi belleza, no mis curvas, no el modelo exclusivo que me costó un dineral; a él lo fascinó que yo fuera ¡licenciada en historia del arte! Acompañaba al director de fotografía, muy amigo suyo y amigo también de Aldo, que tuvo con él una paciencia… Era tan, tan, tan detallista ese hombre que seguiríamos rodado todavía aquella lamentable película. A lo que Aldo veía con el ojo el otro le ponía una lupa; entraba en filigranas, en detalles que solo él veía, y la discusión resultaba interminable, de una pesadez… A mí me dijo algo que me agradó mucho, era un hombre curioso, siempre reconcentrado; tuve un aparte con él, quería explicarme… a ver si me acuerdo, que al girar la cara yo debía… le interesaba la cantidad de luz que absorbe un parpadeo cuando el sujeto a fotografiar la refleja en movimiento, o rareza parecida, no paraba de discutir con el segundo operador, bueno, y con todos los que dependían de él, no le entendí nada. ¡Ah!, y me dijo: «La luz se complace en tu cara, ofrécele tu expresión». Entre sus muchas indicaciones, casi todas incomprensibles, esta la consideré una delicadeza, me gustó y por eso la recuerdo, creo. Aldo, que es muy culto, admiraba el sentido estético de aquel individuo, lo consideraba un técnico excelente; pero lo impacientaba su minuciosidad repleta de pejigueras, ¡nunca terminaba de preparar la escena! Hasta que Aldo perdía la paciencia y lo voceaba como a un niño; entonces el amigo de Pepín ya era otra persona: disciplinado, competente, muy profesional… Soltaba su frase, «No estoy de acuerdo, pero tú respondes», y era mágica: ningún retraso, ya dirigía al equipo de carrerilla, sin ningún problema. Debo decirlo: película muy del montón, fotografía estupendísima.

–¿Cómo se llamaba el amigo?

–¡Para olvidarlo! Hernández, se llamaba Hernández. Por aquella época salía con una chica imponente, puertorriqueña, creo. No he vuelto a verlo.

–¿El señor Castilla le habla de él?

–¿Por qué? ¿Tendría que hacerlo?

–Son amigos, usted lo ha dicho.

Eran amigos, si lo siguen siendo no lo sé. Pero yo no le hablo de los míos.

–Entonces, ustedes se conocieron…

–¿Quiere que lo repita? Pues lo hago. En el Instituto Italiano de Cultura.

–Y hace de esto…

–¿No se lo he dicho? Ahondaré en la herida: más de quince años. Y ya puestos, sigo; porque usted es detective, ¿no?, y discreto, supongo, y quiere saber. Bien, pues tuvimos nuestro affaire: un espejismo. Yo enviudé bastante antes de conocerlo, mi marido murió muy joven, era arquitecto; y Pepín tenía, y lo conserva, un amor imposible: platónico, otra forma de viudez. Descubrimos que él guarda su esperanza para un imposible y la guardo yo para el más allá. ¿Advierte la broma, su perspicacia da para tanto? –ideé comprensivo el origen de su sarcasmo y me mantuve obsecuente, dispuesto a colaborador–. Pue eso. Lo comprendimos, nos entendemos y somos amigos, muy amigos. Aunque, hay veces, ¡me da una conversación!, yo le cruzaría la cara. La vida es inercia, pura inercia imaginada, según él. Yo coincido en «inercia», discrepo en «imaginada»… –de una palmada se cogió las manos y ponderó con ellas. Yo aparenté que una mosca se me plantaba delante y hacía piruetas. Ella me señaló–: ¿Usted se imagina charlitas y más charlitas de sustancia semejante? Pues la hemos repetido, con muchas variantes, porque, ¿sabe?, tiene razón. Yo creo que es la pérdida del cariño, los dos lo sufrimos. Porque lo que tuvimos mantiene su realidad en la caída, en el seguir cayendo dentro de nosotros, lo dice él y yo lo comparto, y no añado más. Enseguida lo sentí ingenuo, como desvalido, muy perjudicado por esos pensamientos, y me dio ternura, a mí, la otra pata suelta. Pero no se lo puse fácil, le hice sudar la gorda –suspiró

HG MANUEL

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  • 30.9.22
La soledad y el silencio a veces nos resultan molestos porque, simplemente, nos da miedo vernos por dentro a nosotros mismos. El mundo de hoy nos ha hecho más activos que contemplativos y hemos emprendido tal carrerilla hacia fuera que nos resulta difícil frenar para advertir que, por ejemplo, estamos envejeciendo.


En la actualidad, la mayoría de nosotros, a no ser que nos veamos sorprendidos por una enfermedad mortal o por un accidente trágico, nos encaminamos con relativa rapidez hacia una dilatada ancianidad. A mi juicio, debería ser normal que nos preguntáramos cómo estamos viviendo o cómo viviremos ese último recorrido que, si lo preparamos con habilidad, con esmero y con sabiduría, nos ofrece la oportunidad para que nos planteemos de manera razonable las cuestiones fundamentales de la vida humana como, por ejemplo, si deseamos vivir mucho tiempo o vivir de una manera razonable, intensa, generosa y provechosa.

Me permito invitarles a que intenten concebir la propia ancianidad y que cada uno ensaye sus fórmulas personales para vivirla de la manera más grata posible. En la actualidad, la vida de la mayoría de nosotros ha dejado de ser tan breve como el trayecto de un vehículo que pasa rápidamente. La esperanza de vida ha aumentado considerablemente, el recorrido es bastante más largo y, durante el mismo, podemos detenernos, bajarnos y volver a subirnos en cada una de sus diferentes paradas.

Ese último recorrido que, ya desde ahora, y si todos lo preparamos con habilidad, con esmero y con sabiduría, puede ser el tiempo adecuado para recuperar unas experiencias que, quizás, se nos hayan escapado, para aprender y para emprender los caminos para abrir puertas a lo desconocido, para escribir páginas aún en blanco, para extraer enseñanzas incluso de las dolencias y de las limitaciones físicas y, en resumen, para vivir y para celebrar lo que nos queda de vida.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 29.9.22
El Congreso volverá a ofrecer estas semanas un espectáculo lleno de emoción, identidad e ideología sobre el proxenetismo y el trabajo sexual. O quizá se silencie. A saber con el Kennedy español… En cualquier caso, malas noticias para los sensatos: el que quiera un debate, que se vea el Sálvame.


Es llamativo que uno de los muchos pecados originales con los que nació el Gobierno sanchista fue el relacionado con el trabajo sexual. En 2018, Magdalena Valerio admitió que le “habían metido un gol” al legalizar el primer sindicato de trabajadoras sexuales –llámese la atención sobre el género usado–. Tomándolo con humor, podemos decir que este desliz fue revertido por el sanchismo con su habitual tendencia al debate público y a la reflexión. Punto para las posiciones abolicionistas.

Tras varias acciones, ahora toca combatir el proxenetismo. Suena bien, ¿no? El proxenetismo no es muy del agrado de nadie. Ahora bien, frente a las medidas punitivas e inútiles que se proponen, ¿no sería más fácil regular todo el sector del trabajo sexual y atacar lo que se encontrase al margen de la ley?

A pesar de tanto esfuerzo por parte de la ‘ministre’ Montero y por otros ilustrados por civilizar a las ‘persones’ de su jurisdicción, nos encontramos con un panorama sorprendente. Sigue habiendo industria pornográfica –si se puede hablar de industria como tal en el ‘Estado español’–, putas, chaperos y, mira tú por donde, una cantidad importante de personas que viven de trabajos vinculados con el sexo y, por ende, una buena cantidad de consumidores.

De hecho, es curioso que se legisle por el bien de unas personas a las que no se les hace ni puñetero caso. Es más, los movimientos favorables a la regulación son estigmatizados con el beneplácito de la propaganda institucional. Entre estas voces heréticas, Amarna Miller es una de las pocas que ha podido ofrecer su postura con cierta libertad. A mi entender, su obra Vírgenes, esposas, amantes y putas es de las pocas cosas sensatas que he leído sobre feminismo en los últimos tiempos –y eso dice mucho de lo que se cuece por ahí–.

Siempre he defendido en este espacio que el abolicionismo es una ideología más cercana al madrileño barrio de Salamanca que a los barrios obreros. Y, quizá, esa sea una clave del debate. Abordar el trabajo sexual desde las ideologías de género es tan insensato como abordar el aborto desde el pensamiento religioso católico. No hay debate ni grises. Echo en falta una perspectiva de clase a la hora de abordar la cuestión. Ahora que estamos logrando dejar las sotanas de lado, nos topamos con los ideólogos de salón.

Del mismo modo que el alcohol y el juego van a estar siempre presentes en nuestra sociedad, siempre habrá personas que paguen por sexo, que consuman imágenes pornográficas, que deseen probar ciertas experiencias. Y, por tanto, personas dispuestas a vivir de ello. Sabiéndolo, resulta hipócrita combatir o dejar al margen lo que sabes que siempre va a estar presente.

En cambio, regular el trabajo sexual ofrece una libertad vigilada que protege al que ejerce estos oficios y facilita la lucha contra las organizaciones criminales que imponen prácticas no consentidas. Otro debate es el cómo, ya que hay diferentes ejemplos.

Por desgracia, lo que menos importa son los que ejercen, ¿no? Son víctimas y, por tanto, no saben lo que hacen. Nada que no se arregle con unas cuantas campañas de concienciación financiadas con dinero público. Palabrita de ‘ministre’.

Haereticus dixit

RAFAEL SOTO
  • 28.9.22
Hace varias semanas vimos en la entrega anterior de Mirando lo invisible lo engañosos que pueden ser los colores que vemos en fotografías y otros tipos de imágenes. Por eso me ha creado ilusionantes expectativas un titular de una afamada revista de divulgación científica que dice lo siguiente: “Juno desvela los verdaderos colores de Júpiter”.


Se informa de que la sonda espacial Juno fue enviada hace diez años para obtener información sobre el planeta gigante y que, gracias a las imágenes tomadas el pasado 5 de julio, “los investigadores han conseguido observar mejor la compleja coloración y la estructura de las nubes de Júpiter”. Con impaciencia busco la imagen con los “verdaderos” colores del planeta y encuentro esta fotografía que, desde luego, resulta muy expresiva y “colorida”. Tanto, que me resulta un poco sospechoso.

En el artículo aparece otra imagen con colores más desvaídos, que se presenta como procesada “para representar los colores aproximados que vería el ojo humano”. Y también se nos cuenta que ambas imágenes han sido “creadas” por un colaborador voluntario: Björn Jónsson.

Buscando en el sitio web de la NASA, se pueden encontrar las imágenes en bruto y el correspondiente mapa que ha servido para el muy apreciable trabajo creativo de Björn Jónsson. A su vez, se pueden apreciar notables diferencias entre las imágenes procedentes de la sonda Juno y la primera imagen a la que nos referimos anteriormente. Tantas, que parece un poco exagerado hablar de “verdaderos” colores de Júpiter. Pero, de hecho, en ningún momento parece que la NASA haya pretendido hacer pasar tales colores por verdaderos.

Si leemos la información disponible en el sitio web correspondiente, podemos comprobar que se invita al público a descargar las imágenes (en bruto) captadas por Juno y a procesarlas de manera creativa para que luego sean subidas para ser disfrutadas y compartidas. Cuando hablan del tipo de procesamiento de imagen que les gustaría ver, especifican la posibilidad de reencuadrar las imágenes, resaltar determinada característica atmosférica en particular, así como agregar sus propias “mejoras” de color, crear collages y agregar “reconstrucciones” de color avanzadas.

De esas instrucciones se puede deducir que resulta aceptable una cierta inconsistencia en la representación de los colores. Probablemente porque el fin último de las imágenes creadas por los usuarios tienen como finalidad que sean “disfrutadas” y que contribuyan a una divulgación de la investigación científica que resulte atractiva al público en general.

Hay que tener en cuenta, también, las dificultades intrínsecas en la reproducción de los colores reales. Se trata, por una parte, de dificultades técnicas que se dan en el proceso de captación, en el tratamiento posterior de las imágenes, en la forma final en que se presentan estas imágenes a los espectadores…

Sin olvidar otros problemas implícitos en la percepción general de los colores. Porque, ¿cuáles son los colores verdaderos? ¿Cómo podemos estar seguros de que los colores que vemos en una imagen son colores “reales”? Y no olvidemos que sus nombres, con demasiada frecuencia, también son versátiles, poco precisos, inconstantes e, incluso a veces, con relaciones contradictorias con los colores vistos.

En realidad, el tema del color es mucho más escurridizo de lo que podríamos pensar a primera vista. Se ha escrito mucho, muchísimo, sobre los colores. Filósofos, poetas, pintores, antropólogos, lingüistas, físicos o psicólogos han tratado sobre la naturaleza del color, sobre sus relaciones con la luz, sobre la visión de los colores, sobre los colores primarios y sus mezclas, sobre pigmentos y tintes, sobre sus significados simbólicos, sobre su carácter “frío” o “cálido”, sobre sus cualidades estéticas y expresivas, sobre sus nombres cambiantes en sociedades diversas, sobre sus efectos en el espíritu humano e, incluso, sobre sus supuestos poderes mágicos o curativos.

Entre lo mucho que se ha escrito, la gran mayoría son especulaciones o fantasías sin ninguna base real, pero que han contribuido a crear toda una serie de mitos. Algunos de los cuales, incluso hoy en día, tienen una aceptación generalizada, a pesar de que no exista ninguna evidencia científica que las respalde. Es mi intención tratar sobre ellos en próximos artículos.

JES JIMÉNEZ

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