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Mostrando entradas con la etiqueta Palabra de hereje [Rafael Soto]. Mostrar todas las entradas
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  • 24.11.22
Resulta paradójico que este Gobierno, tan versado en las teorías marxistas, haya caído en el error de mercantilizar las leyes. Tanto que reivindican su valor social, las ha convertido en mercancías con un precio y con un plan de mercadotecnia asociado.


No es una cuestión jurídica, sino de valores ciudadanos. Concebir la política como un juego tiene como consecuencia que el fin justifique los medios. Sin embargo, puede ocurrir que el juego te estalle en la cara donde y cuando menos te lo esperes. Y eso es lo que nos lleva pasando desde hace tiempo.

La polémica cuestión del ‘solo sí es sí’ es la punta del iceberg. Es lo que se ve porque es lo más humano, lo que más duele y lo más contradictorio. Sin embargo, ha habido otras novedades legislativas que han sido perjudiciales y que no tienen la misma visibilidad.

Frente a la ridícula sacralidad que el Ejecutivo de Mariano Rajoy mostró ante las leyes, nos encontramos ante un Gobierno que las desprecia. Y no por su contenido, lo que es muy legítimo, sino como instrumentos en sí. Con rango de ley o no, una norma es un instrumento que emana de la voluntad popular y que afecta a la vida de las personas, sea buena o mala. Por tanto, no es cosa con la que se pueda mercadear el Poder Ejecutivo, que ya no entiende de separación de poderes.

Elaborar, modificar o abolir una norma requiere de un estudio serio y sereno, que bajo ningún concepto puede estar sometido a la ley de la oferta y la demanda. La política siempre ha sido un circo pero, al menos, se había respetado el valor de las leyes.

Hemos tenido partidos políticos sentenciados por corrupción y, de hecho, en Andalucía tenemos a dos presidentes autonómicos sentenciados. Sin embargo, jamás nadie se ha enorgullecido de saltarse la ley o de despreciarla. Y eso está ocurriendo en este momento.

Ya no existe respeto ni por las normas, ni por los legisladores, ni por los juristas, ni por los jueces que deben aplicarlas. Si no hay respeto por las leyes –cuyo contenido puede y debe ser siempre objeto de debate–, ¿qué instrumentos para el progreso social nos quedan? Porque con Twitter no se progresa, y la calle es de todos, piense igual que el amado líder o no.

Jamás he visto tanta publicidad institucional, tanta propaganda, ni tanta comunicación cortoplacista. Cara nos está saliendo la imagen de este Ejecutivo. Todo tiene un precio en este mercado que se han montado en el templo de la Carrera de San Jerónimo y no creo en los mesías que prometen su expulsión.

Si todo vale, si la ley es una mercancía con un precio, y solo respetamos a unos pocos, la democracia se nos va a pique. Y ojo: cuidado con los mesías, que están al acecho.

Haereticus dixit

RAFAEL SOTO
  • 10.11.22
Contemplo una pseudoacacia a través de la ventana de mi estudio. Pronto no le quedará ni una sola hoja pero, en el momento presente, se esfuerza en ofrecer un lienzo de hojas verdosas y amarillentas. Es curioso, pero mi infancia en la Ciudad del Betis no me concede recuerdos de naranjos amarillentos bajo la lluvia.


Sí, es cierto, no es una cuestión relevante. Si bien, admito que la imagen me genera cierta nostalgia. Al fin y al cabo, pocas realidades son tan naturales como que cada lugar y cada objeto tengan su propio comportamiento, así como el paso del tiempo.

Una vez, Antonio López Hidalgo escribió: “Todas las ciudades del mundo se parecen cada vez más, como si los mismos arquitectos, ingenieros y urbanistas hubiesen delineado cada calle, comunicado con puentes las orillas de todos los ríos. En cambio, la naturaleza, aunque también el hombre la ha doblegado a su antojo, mantiene en cada lugar su sello propio”. Y es cierto. Quizá no haya sido la más profunda de las afirmaciones de Antonio. Ofreció reflexiones mucho mejores. Si bien, es difícil negar que aquel gran hombre dejó citas casi para cualquier ocasión.

En Alcalá de Henares, observo con profunda tristeza cómo una lluvia desganada azota las hojas de la pseudoacacia. En estos momentos en los que escribo, Antonio está siendo homenajeado en la Facultad de Comunicación de Sevilla, su hogar académico. Y lo merece.

Montillano universal, académico insigne, maestro de periodistas, hombre de mundo... Se ha dicho ya tanto de él que es difícil ofrecer algo original. Fue un profesor relevante durante mi licenciatura, director de mi Trabajo Fin de Master y codirector de mi Tesis Doctoral. Y, sin embargo, lo que más echo de menos de este maestro son las conversaciones privadas que mantuvimos con una copa o un café en la mano.

Siempre dispuesto a verme cuando visitaba a mi familia en Sevilla, Antonio y yo conversábamos sobre cualquier cosa, y casi siempre en compañía de nuestro querido amigo Carlos Serrano.

Albert Camus, George Orwell, el periodismo y su historia, la política... Hablábamos de cualquier asunto humano con esa pasión que solo reflejan aquellos que aman la vida. Su ingenio parecía infinito, era generoso en su juicio y entrañable en sus escasos defectos. Puedo afirmar que es una de las mejores personas a las que he conocido.

Admito que todavía siento un pinchazo en el estómago cada vez que las redes sociales me sorprenden con una foto suya. Cuando falleció, dejé escrito en mi cuaderno de notas una expresión que he usado en varias ocasiones: “No hay palabras, todas sobran”. Sigo pensando que es imposible escribir o decir algo que esté a la altura de su figura académica, profesional o personal.

Tuve el honor de ser de los últimos en verlo con vida y, por encima de todo, de poder disfrutar de su cariño y sabiduría durante años. Y eso me vale. Sin embargo, veo caer las hojas de la pseudoacacia en Alcalá de Henares, Antonio está siendo homenajeado en la Facultad de Comunicación de Sevilla, y siento que el mundo es un laberinto sin el más mínimo romanticismo.

Sin embargo, me doy cuenta de que debo ser fiel a ese amor a la vida que él me transmitió. Quiero dejar por escrito que volverán a crecerle las hojas al árbol, que los hombres y las mujeres seguirán jugando en los enrevesados callejones de la existencia y que, dentro de unos años, seguiremos encontrando citas de Antonio para todas las ocasiones que se nos presenten. Y, quizá, tal vez ese sea uno de los mayores elogios que le hubiera gustado recibir.

Haereticus dixit

RAFAEL SOTO ESCOBAR
  • 27.10.22
Barba cortita, bien recortada. Pelo cano y, quizá, ¿unos kilos menos? Tal vez. Ojos pequeños, oscuros. Ojos de juez y parte. Fernando Grande-Marlaska llega a Sevilla con un pequeño apuro. Es viernes y el ministro del Interior está en Sevilla para inaugurar una comisaría y, sin duda, es un evento especial. Seamos sinceros: los sevillanos somos amigos del postureo desde los tiempos de Cervantes –uso el término ‘postureo’, sí, porque ya lo recoge la Real Academia Española de la Lengua, y porque nos describe tan bien...–, y aquella ocasión lo merecía.


El ministro está en la Ciudad del Betis, con el encorsetamiento propio del protocolo y con la inquietud de dar un titular no deseado a la prensa. De la seguridad no se preocupa: se ha visto en situaciones peores, mientras ejercía un oficio más noble.

Ahora, el ministro está en Sevilla y tiene un asunto incómodo que gestionar. Va a inaugurar una comisaría para dar servicio al Distrito Sur. Es la zona más pobre de la ciudad –junto al Vacie– y hasta la Policía teme entrar en algunos de sus rincones. Es un distrito lleno de personas hambrientas de orden y, también, cuenta con personas que pretenden ser como el ministro: juez y parte.

Los vecinos y el Ayuntamiento pidieron una comisaría para el Polígono Sur y se lo dieron... fuera de los límites del Polígono Sur, junto al Hospital Virgen del Rocío. Un periódico poco sospechoso de pepero, Diario de Sevilla, no ha dudado en calificarla como “la comisaría de la traición” (se puede ver aquí).

El ministro está en Sevilla y sabe que, como responsable último de estas cuestiones, está siendo criticado. Quizá sea injusto. Un servidor público de su categoría está en otras cosas y, de seguro, la decisión la tomó otro. Pero el jefe es él y, sin duda, pudo hacer algo más en cuanto empezaron las denuncias por parte de la prensa.

El señor ministro está en Sevilla y está en un aprieto. Están presentes el delegado del Gobierno, el alcalde, el director general de la Policía y otros asistentes de honor. Le toca dar un discurso y, llegado el momento, ya sabe lo que tiene que decir. Se pone tieso y empieza a hablar de promesas cumplidas, de las operaciones contra el narcotráfico, del aumento de la financiación... Insuficiente. Lo sabe. No se podía ir del evento sin dar un auténtico titular.

Sin embargo, él ya sabe cómo resolver este asunto. Lo ha aprendido de su amo. Si hay aprietos, toca tirar del infinito franquismo: Queipo de Llano tiene que salir de la Macarena. ¿Qué tiene que ver el tocino con la velocidad? No lo sabemos. Pero el ministro ha dado un titular y ya puede volver a casa con la tranquilidad de tener los deberes hechos.

El evento fue el pasado viernes. Con fecha del lunes siguiente, el hermano mayor de la Macarena, José Antonio Fernández Cabrero, recibe una carta oficial instándole a sacar de la Basílica a Queipo de Llano y a Francisco Bohórquez –este último, un señor desconocido por el gran público y al que el Gobierno acaba de dar más publicidad post mortem que la que le ofrecía la lápida–.

Este hermano mayor es más moderado y prudente que su antecesor, y no pierde la calma. Está molesto: se ha enterado de la carta por la prensa. Ya se habían hecho acciones previas, como quitar de la lápida toda referencia a la naturaleza militar y franquista del difunto. Es más, el hermano mayor había propuesto enviar a Queipo de Llano, antiguo hermano mayor, a un columbario que pretendía hacer, vinculada con la basílica. Está entre la hermandad, el Gobierno y las familias de ambos fallecidos. De Justicia no hablamos, porque ya no hay en España, si es que alguna vez la hubo.

Esto ya se reduce a ver quién tiene la corbata más grande. La Hermandad de la Macarena es una de las tres grandes hermandades de la Ciudad del Betis. La religión, la gratitud –es conocida la labor social de las hermandades–, la sentimentalidad o la costumbre, cuando no todas a la vez, hacen que más de media ciudad esté vinculada tanto con sus imágenes titulares como con la hermandad en sí.

Entrar en la Parroquia de San Gil sin permiso de su hermano mayor sería una profanación difícil de perdonar y, en pleno divorcio con el Partido Socialista, puede provocar una radicalización de ciertas posiciones políticas.

Más todavía si tenemos en cuenta que muchos sevillanos tienen la convicción de que hay cuestiones más urgentes. Cuestiones que, entre otras organizaciones, combaten muchas hermandades con sus acciones de asistencia social. Una convicción que se suma a la absoluta seguridad de que Andalucía no recibe el mismo tratamiento por parte del Gobierno que las desleales Cataluña y Euskadi. Desde la imposición, desde la falta de diálogo, poco se puede conseguir.

Espero y deseo que los generales franquistas salgan de la Macarena. Y que algún representante del Gobierno se siente con la hermandad, dé facilidades, y que encuentren una solución discreta y respetuosa con las instituciones de la ciudad. Con todas. Soñar es gratis, ¿no?

Concluyo con un apunte: el ‘Vaca’, un ciudadano con antecedentes policiales, acaba de morir tras un tiroteo en las Tres Mil Viviendas –zona conflictiva del Polígono Sur–. No hay propaganda que cambie eso. Sin embargo, un ministro ha venido a Sevilla, ha inaugurado una comisaría donde no debía y ha resuelto el aprieto en el que se encontraba. Conclusión de sanchista: Queipo de Llano tiene que salir de la Macarena.

Haereticus dixit

RAFAEL SOTO
  • 13.10.22
Nadie como Jesús Quintero, autocalificado como “actor frustrado”, ilustró la enseñanza sofoclea: “que nadie considere feliz a quien todavía tiene que morir”. Puede que el periodismo sea una profesión, quizá incluso un oficio, y no un arte. Sin embargo, personas como él hicieron de la profesión un ejercicio artístico. Hasta su caída, aceptó la pose del demente simpático desde la posición del cuerdo.


Sí. En efecto, Jesús Quintero fue un artista que ejerció de periodista, y no un ‘plumilla’ que hiciera arte. Como todos los artistas, sobrevaloraba la estética –cuando no la pose–, trovaba unos ideales que quizá ni él mismo asumía en su praxis y vivía rumiando su rencor hacia sus críticos. Y, sin embargo, había grandeza en su figura.

Esa grandeza no residía en sus preguntas. Hubo otros periodistas ingeniosos en sus interrogantes que no tuvieron la misma visibilidad. Por muy valorable que sea, su virtud no residió en su cuidadísima escenografía, ni en la exquisitez de sus realizaciones. El arte no da grandeza, pues es producto de la misma.

Tampoco encontraremos este valor en la elección de los entrevistados. Se le ha acusado de escoger a invitados con los que pudiera “lucirse”. Quizá, una afirmación injusta. También de haber llevado a personas con problemas mentales a los platós para usarlos de bufones. Otra afirmación que me parece excesiva.

Si me preguntan, quizá, la grandeza de Jesús Quintero residió en su empeño en hacer algo diferente de lo que hacían sus contemporáneos y, a la sazón, conseguirlo. Hoy, los que quieren hacer algo distinto tienen que retirarse a los márgenes del sistema. Los encontraremos en Spotify, Ivoox, Youtube y, quizá, ni siquiera allí los hallaremos.

Andalucista de izquierdas, creía en la bohemia o, al menos, aceptó su estética. Hizo algo diferente y aguantó hasta que lo consideraron demasiado indisciplinado como para darle un micrófono. No nos engañemos: no hay mejor forma de matar a un artista que quitándole su público. Y es lo que hicieron con él.

Escribió Antonio Machado que todo hombre tiene dos batallas que pelear: en sueños, lucha con Dios y despierto, con el mar. Es curioso que, con su habitual lirismo, Quintero afirmara que un día, frente al mar, se haría todas las preguntas que había hecho a los demás. Y en el mar está ahora, sin boca con la que preguntar.

¿Llegaría a hacer esas preguntas? Imposible saberlo. Reconoció que no sabría responder a muchos de sus interrogantes. Lo único seguro es que, como decía su querido Beni de Cádiz, todos acabamos “en el jardín”. Por suerte, no ocurre así con el arte, que siempre encuentra su sitio en las márgenes de los ríos que dan a la mar. Descanse en paz.

Haereticus dixit

RAFAEL SOTO
  • 29.9.22
El Congreso volverá a ofrecer estas semanas un espectáculo lleno de emoción, identidad e ideología sobre el proxenetismo y el trabajo sexual. O quizá se silencie. A saber con el Kennedy español… En cualquier caso, malas noticias para los sensatos: el que quiera un debate, que se vea el Sálvame.


Es llamativo que uno de los muchos pecados originales con los que nació el Gobierno sanchista fue el relacionado con el trabajo sexual. En 2018, Magdalena Valerio admitió que le “habían metido un gol” al legalizar el primer sindicato de trabajadoras sexuales –llámese la atención sobre el género usado–. Tomándolo con humor, podemos decir que este desliz fue revertido por el sanchismo con su habitual tendencia al debate público y a la reflexión. Punto para las posiciones abolicionistas.

Tras varias acciones, ahora toca combatir el proxenetismo. Suena bien, ¿no? El proxenetismo no es muy del agrado de nadie. Ahora bien, frente a las medidas punitivas e inútiles que se proponen, ¿no sería más fácil regular todo el sector del trabajo sexual y atacar lo que se encontrase al margen de la ley?

A pesar de tanto esfuerzo por parte de la ‘ministre’ Montero y por otros ilustrados por civilizar a las ‘persones’ de su jurisdicción, nos encontramos con un panorama sorprendente. Sigue habiendo industria pornográfica –si se puede hablar de industria como tal en el ‘Estado español’–, putas, chaperos y, mira tú por donde, una cantidad importante de personas que viven de trabajos vinculados con el sexo y, por ende, una buena cantidad de consumidores.

De hecho, es curioso que se legisle por el bien de unas personas a las que no se les hace ni puñetero caso. Es más, los movimientos favorables a la regulación son estigmatizados con el beneplácito de la propaganda institucional. Entre estas voces heréticas, Amarna Miller es una de las pocas que ha podido ofrecer su postura con cierta libertad. A mi entender, su obra Vírgenes, esposas, amantes y putas es de las pocas cosas sensatas que he leído sobre feminismo en los últimos tiempos –y eso dice mucho de lo que se cuece por ahí–.

Siempre he defendido en este espacio que el abolicionismo es una ideología más cercana al madrileño barrio de Salamanca que a los barrios obreros. Y, quizá, esa sea una clave del debate. Abordar el trabajo sexual desde las ideologías de género es tan insensato como abordar el aborto desde el pensamiento religioso católico. No hay debate ni grises. Echo en falta una perspectiva de clase a la hora de abordar la cuestión. Ahora que estamos logrando dejar las sotanas de lado, nos topamos con los ideólogos de salón.

Del mismo modo que el alcohol y el juego van a estar siempre presentes en nuestra sociedad, siempre habrá personas que paguen por sexo, que consuman imágenes pornográficas, que deseen probar ciertas experiencias. Y, por tanto, personas dispuestas a vivir de ello. Sabiéndolo, resulta hipócrita combatir o dejar al margen lo que sabes que siempre va a estar presente.

En cambio, regular el trabajo sexual ofrece una libertad vigilada que protege al que ejerce estos oficios y facilita la lucha contra las organizaciones criminales que imponen prácticas no consentidas. Otro debate es el cómo, ya que hay diferentes ejemplos.

Por desgracia, lo que menos importa son los que ejercen, ¿no? Son víctimas y, por tanto, no saben lo que hacen. Nada que no se arregle con unas cuantas campañas de concienciación financiadas con dinero público. Palabrita de ‘ministre’.

Haereticus dixit

RAFAEL SOTO
  • 15.9.22
Ha muerto la reina Isabel II, han subido los tipos de interés, el Betis le ha ganado al Helsinki, el sanchismo avanza en su deriva autoritaria, la luz está a 155,94 euros por megavatio hora, ha salido mi columna quincenal en las cabeceras de Andalucía Digital, el Partido Popular sigue más perdido que el barco del arroz, mierdas varias en el curro... Es jueves y acabo de cerrar la jornada laboral. Tarde intensa. Anochecer nublado.


Mi pareja me recoge hoy en coche, así que espero de pie al borde de la carretera. Le doy vueltas a varios asuntos y paso de una movida a otra sin centrarme en una idea concreta. Una agitación que me hace andar unos pasos de un lado a otro al borde de la carretera. Debo de parecer un yonqui o algo por el estilo.

Se me ocurre que, quizá, debería de aprovechar estos minutos de paz para reflexionar sobre algo productivo. Sin embargo, mis pensamientos siguen comportándose como las tórtolas hambrientas de los parques. De trozo en trozo, se alternan entre aquellas migas de pan o aquellos fragmentos de porquería informe.

Me frustra mi incapacidad para concentrarme y, harto, miro al frente. En ese instante, tomo conciencia de que estoy solo en medio de un silencioso campus externo, con las últimas luces del día luchando contra la densidad de las nubes. Estoy enfrente de un hospital, al otro lado de la carretera. A mi derecha, un autobús ilumina con sus focos una pseudoacacia rodeada de gramíneas y cardos amarillentos.

Observo el cielo, ignorante de tipos y píxeles. Una extensión de grises agónicos y continentes deformes. Una trivialidad cotidiana y que, sin embargo, desprende espectacularidad. En una suerte de meditación improvisada, me centro en disfrutar del momento presente. Un momento que es hermoso y que, como casi siempre pasa con lo bello, es frágil y efímero.

Se acerca el coche que espero y entro con torpeza. Dejo atrás el paisaje y me encierro en mis pensamientos. Me doy cuenta de que vivimos tan centrados en nuestras reflexiones, actos y agobios que, en ocasiones, perdemos de vista la belleza de lo cotidiano.

Se nos escurre la belleza entre los sesos y, en ocasiones, la claridad de pensamiento, patrimonio de los acertados. La infoxicación y el exceso de estímulos nos convierten en sonámbulos y, por tanto, en alienados. Un mal moderno de difícil solución.

Haereticus dixit

RAFAEL SOTO
  • 8.9.22
Cuanto más investigo sobre los orígenes del periodismo, menos diferencias encuentro entre las prácticas de ayer y las de hoy. No obstante, sí que encuentro una diferencia relevante en la propia actitud de los lectores.


Durante los siglos XVI y XVII, el periodismo primitivo hispano se asentó en dos principios rectores. Por un lado, en los reducidos costes de producción y, por el otro, en el desmesurado interés de los lectores por un mundo en constante evolución. Seríamos reduccionistas si nos quedáramos con solo uno de estos dos motores.

Sumados todos los costes y ganancias, lo cierto es que la producción informativa en sus inicios era muy económica en comparación con otros géneros editoriales. Una inversión cuya vuelta garantizaba el ansia de noticias. Son bien conocidas las prácticas de lectura colectiva en el período, así como el subestimado fenómeno de la semialfabetización: personas que sabían leer, pero no escribir.

El lector era popular, urbano y, desde nuestra perspectiva actual, incrédulo. Sin embargo, valoraba la cultura y, en su sistema de valores, la información era sinónimo de estatus. Un hecho que imponía a vasallos y subalternos la obligación de informar a sus superiores de las novedades.

Salvando las distancias entre épocas, el lector ha evolucionado. Se supone que todos los lectores están alfabetizados y familiarizados con la lectura. Sin embargo, sobrestiman sus capacidades y desprecian la cultura, la información y el arte.

Por un lado, en el mundo de internet, no son pocos los orgullosos de su incultura y desinformación. A alguno le da hasta por abrir cuentas en redes sociales para difundir sus insensateces.

Por otro, tenemos consumistas de titulares y panfletos –no se puede usar otro término para los principales medios de este país–, que ni leen con propiedad ni reflexionan con sensatez. Esclavos del ahora y forofos del político de turno –la polarización crea hinchas, no ciudadanos críticos–, los consumidores de información y opinión no exigen ni se informan con propiedad.

Este desprecio por los hechos y su relato permite a los agentes económicos y políticos mangonear a la prensa, y hace estragos en el personal de las redacciones. Si el buen periodismo ni se premia ni se consume, ¿para qué hacerlo? Los titulares sensacionalistas y engañosos son más rentables.

Tanto por las razones expuestas como por otras que se salen del espacio de esta columna –infoxicación, credibilidad, etc.–, puedo afirmar que para mejorar las condiciones del periodismo contemporáneo y, con ellas, las de nuestra ya dañada democracia, debemos educar a los lectores a través de la alfabetización informacional. Esta formación debe ser una prioridad para la sociedad posmoderna y debe empezar por un cambio de actitud por parte de los consumidores de información.

Haereticus dixit

RAFAEL SOTO
  • 18.8.22
El pasado 16 de agosto, El País publicó un editorial infame (disponible aquí) en relación a la propuesta europea de aumentar en un 50 por ciento las ‘ayudas’ para el control de la inmigración irregular. Hay que recordar que un editorial es un género periodístico peculiar: refleja la posición del medio de comunicación con respecto a un tema de actualidad. No se trata de un texto atribuido a un colaborador, sino la opinión del propio medio como entidad. Es un texto significativo que requiere reflexión y prudencia. Por ello, sorprende el cinismo que demuestra El País en su posición sobre el chantaje marroquí.


El citado editorial reconoce que fue un éxito que la OTAN incluyera “al norte de África y al Sahel entre las zonas que pueden afectar a la seguridad de los aliados” y señalara “el desplazamiento forzado de personas y la migración irregular como dos desafíos transnacionales”. Asimismo, aplaude que la Unión Europea actuara “con firmeza contra el país de Mohamed VI cuando Rabat propició en mayo de 2021 una llegada masiva de migrantes sin precedentes a las fronteras de Ceuta”.

Sin embargo, reconoce que “Marruecos es una pieza clave en este delicado escenario geoestratégico, y Bruselas hace bien en extremar el cuidado para que las políticas de Rabat encajen con los intereses europeos”. El editorial aprueba que se actúe con “solidaridad”, si bien: “Esa misma actitud, sin embargo, permite exigir de Marruecos transparencia en la gestión de los fondos y un estricto respeto a los derechos humanos de los migrantes”. Traducción: que no fomenten las oleadas migratorias, que se les pague para ello, y que no maltraten a nadie, que no es estético...

Me gustaría ser como los tertulianos de Telecinco y tener soluciones para todo. Por desgracia, la omnisciencia no se encuentra entre mis habilidades curriculares. No sé cuál es la solución para el conflicto con Marruecos. Sin embargo, no creo que sea esta y, desde luego, me niego a aplaudir que se pague un chantaje.

Como medio de comunicación, se espera de El País que, de manera directa, o a través de sus profesionales, haga propuestas, que apoye medidas o las rechace. Hasta puedo llegar a entender, aunque no lo apruebe, que apoye el pago a Marruecos porque son tiempos complicados.

Sin embargo, El País, a través de un editorial, está denominando “solidaridad” el pago de un chantaje perpetrado por un Gobierno que instrumentaliza a personas desesperadas. Y como si los eufemismos no fueran muestras suficientes de cinismo, justifica el pago del chantaje, lo aplaude y tiene los arrestos de pedir que, al menos, si los señores de la frontera no lo tienen a mal, respeten los derechos humanos. Y lo del Sahara lo dejamos para otro día, no vayamos a molestar a alguien. Una muestra más de que El País ha perdido el Sur.

Haereticus dixit

RAFAEL SOTO
  • 4.8.22
¿A qué lugar llamas paraíso, amigo mío? Soy demasiado joven, y demasiado incauto, como para definir un cielo en el que no creo. Quizá sea la materia pura, de celeste sustancia, donde las almas alcanzan el reposo que no alcanzaron como huella viva. A lo mejor, como se nos promete, sea el lugar donde tornamos en pureza, previa resurrección de la carne y liberación de las prisiones de la incertidumbre.


Amigo mío, tal vez tengas por cielo el lugar donde pecar, que es vivir, esté permitido por la revelación más esquiva. Sería el lugar donde los pecados capitales tendrían plaza legítima, y donde no haya que preocuparse por un mañana que no será ayer.

Más aún. Quizá llames paraíso al sádico lugar donde tornas en lo revelado, y ejerces a voluntad el reparto de los dones y las ausencias. Una apoteosis que ahuyente los complejos de la conciencia.

Tal vez, amigo mío, aspires a una suerte de santidad, como la supresión de los deseos. Un paraíso estático sin historia ni relatos. Un paraíso puritano, un cielo muerto. Pues vivir es pecar, y pecar es movimiento de aquelarre. Y el aquelarre nunca es celeste, por mucho que purifique en ardores.

Olor a bosque virgen, respiración pura, sonido de arroyo. Un mundo sereno puede ser también otro paraíso, mas no humano. Porque la serenidad permanente es un ideal y lo ideal nace de lo humano, concebido por los desvelos de la conciencia.

En fin, amigo mío. Hay tantos paraísos como fugitivos de los sinsabores de la vigilia. Te admito que no sé en qué consiste el cielo, ni si lo hallaremos en movimiento o reposo. Si somos materia impura, lo desconozco.

En cambio, sí me hago una ligera idea de lo que debe de ser el infierno. Dudo que sea de azufre y fuego. Tampoco el castigo eterno, cabrones tenebrosos, ni pesadillas sin despertar. No es puchero hirviente en la Córdoba estival o un mal concierto sin final. El averno no consiste en imágenes lúgubres, silencios o monstruos seductores.

Quizá, amigo mío, el infierno consista en vivir con miedo. Miedo de no poder pagar una factura o, peor, la certeza de no poder hacerlo. Puede ser la angustia de los padres de familia sin recursos, la amenaza de la bomba, las ausencias del solitario, la incertidumbre del desempleado o la lucidez del descreído

Tal vez el infierno se sustente más en los monstruos de la conciencia que en las torturas de la carne. Poco importa el origen de la creencia o el destino de la ensoñación: los paraísos pueden tener dimensiones mortales o divinas, pero el ser humano es la medida de todos los sufrimientos.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO
  • 21.7.22
No sé en qué quedará el caso Ferreras. No soy juez para juzgar si es responsable de haber difundido a propósito información falsa. Desde luego, él lo niega. Lo que sí sé es que la credibilidad es el bien más preciado de un profesional de la información, porque de ella deriva la confianza.


Sin embargo, no es secreto que el oficio ha estado al servicio de los intereses de los poderosos desde los orígenes del mismo. La mentira y la verdad a medias son el día a día en una prensa que no tiene más control que el del mercado y, en ocasiones, una Justicia cada vez más raquítica y manoseada.

Las fuentes de credibilidad y confianza han variado a lo largo de los años. En los tiempos del gaceterismo, las autoridades y los propios impresores eran la fuente de credibilidad. Una honestidad que, en ocasiones, estaban obligados a reivindicar.

Así fue el caso de la impresora María Pérez en 1621. Al final de la relación anónima Victoria que el armada de Inglaterra alcançò con solos diez Galeones de diez y siete Naos de Turcos, a vista de Tarifa, tres dias despues de la que alcançò nuestra Armada en el Estrecho de Gibraltar y assi mismo se refiere el daño que la dicha Armada hizo (disponible aquí), se lleva a cabo una reivindicación que debe de atribuirse a la impresora:

[…] y adviertan que si aca imprimimos todas las nuevas que vienen, es porque todos generalmente piden con tanta ansia como podrían pedir pan, aviendo gran falta de trigo, que ay dia que es necesario un portero que dè razon a todo genero de gente, que piden relaciones impresas de lo que apenas se sabe en la ciudad y llegò a sus oidos. La verdad te decimos en sustancia, de cualquier suceso, y cree que ninguna relación que se imprime es inventada, sino adornada, deja de mormurar, y entretenerse en leer lo que yo dispongo con harto trabajo.

La cita de fuentes informativas para sustentar la credibilidad fue una práctica minoritaria hasta el siglo XIX. Una excepción en los tiempos de María Pérez fue Juan Serrano de Vargas. Este impresor también redactó sus propias noticias, vinculadas con desastres naturales en Andalucía. Será el propio Serrano de Vargas el que denunciará la divulgación de noticias falsas en un memorial de 1625 (disponible aquí):

[...] hase de mandar a los comisarios y veedores cada uno en su distrito que quiten todos los papeles impressos como no sean cartillas y libros de la passion y catones, reformando todos los que entre impressores llaman menudencia o recetería, en que andan impressos muchos disparates, no consintiendo a los ciegos y papelistas repartan indulgencias oraciones y otros papeles, publicando embelecos, mentiras y milagros nunca sucedidos [...] Pide Seuilla gran cuydado en los papelistas y ciegos, donde es la gente muy nouelera y se reciben bien inuenciones y ay gran numero de impressores; en Seuilla ay siete [...]

En Montilla, lugar de pocos vezinos y de quatro hombres de letras medianas, ay dos impressores que son fuente de mil inventivas y disparates que imprimen y cunden el Andaluzía; en Cádiz ay otro; y en Xerez otro y en Malaga dos, donde no los hubo jamas ni pueden sustentarse, y assi quando uno quiere imprimir algo en ofensa o defensa acude a estos, que ven el cielo abierto
[...]

En pleno siglo XXI, el problema de la credibilidad y de la confianza en los medios sigue vigente como consecuencia del uso excesivo de fuentes institucionales, unas condiciones laborales precarias y los intereses de los de siempre.

Las agrupaciones profesionales del periodismo deberían de tener potestad para garantizar el cumplimiento de ciertos mínimos deontológicos. Sin embargo, a día de hoy, carecen de herramientas eficientes. No conviene dárselas.

En un estudio reciente, los investigadores Jorge Vázquez-Herrero, María-Cruz Negreira-Rey, Alba Silva-Rodríguez y Ana-Isabel Rodríguez-Vázquez (disponible aquí) se proponen, entre otras cuestiones, identificar las principales razones que justifican las preferencias informativas de la ciudadanía española, observando los factores de confianza, proximidad, especialización temática, línea editorial y canal. Las conclusiones no pueden ser más claras:

[…] se observa que la proximidad es una de las principales razones por las que la audiencia escoge un medio u otro. Este indicador está, además, intrínsecamente relacionado con el de la confianza, que destaca como primer factor a la hora de decantarse por una marca periodística o canal –siendo ambos más importantes que la línea editorial o la especialización temática–.

Se confirma que la confianza continúa siendo fundamental a la hora de seleccionar ciertas cabeceras para informarse (Rodríguez-Fernández et al., 2020), aunque esta haya ido mermando con el paso del tiempo (Newman et al., 2020) debido a un contexto de control informativo, concentración empresarial y de creciente circulación de contenidos falsos. De este trabajo se desprende que el nivel de satisfacción manifestado con respecto al contexto social, político y económico del país puede tener influencia en el grado de confianza mediática
.

Insisto: no soy juez. No puedo ni debo juzgar a García Ferreras. Sin embargo, hay un hecho indiscutible. Si las acusaciones son ciertas, no le quedará nada. Porque, tanto ayer como hoy, un profesional de la información sin credibilidad es tierra bañada en sal.

Haereticus dixit

RAFAEL SOTO
  • 7.7.22
Amenazante, la dorada luz de julio inunda la penumbra de mi habitación. Despierto de la siesta y dirijo la mirada hacia la ventana. Los espacios entre las lamas de la persiana dejan escapar borbotones de luz desbordante. La intensidad lumínica no me ciega, sino que más bien me entretiene. Disfruto de un momento que sé que es efímero.


Remoloneo en la cama medio dormido y empapado en sudor. Atrapado entre luces aceitosas y sombras sedantes, se me vienen recuerdos desordenados a la cabeza, cuya procedencia o pertinencia no acierto a comprender. Momentos que vinieron y se fueron.

Ciudad del Betis. Es una mañana de fin de semana. Mi hermana y yo nos disponemos a disfrutar del nuevo día como lo hacen los niños: abiertos a la improvisación. Alguien decide que tenemos que airearnos y mi abuelo se hace cargo.

Mi hermana debe de rondar los cinco años, yo los ocho. Para nosotros, salir de nuestro Polígono de San Pablo o ir a la playa era lo más parecido a hacer turismo. Estamos encantados.

Temprano, antes de que hiciera más calor, nuestro abuelo nos monta en la línea 21, en la avenida de la Soleá, y nos bajamos frente a los Jardines de Murillo. Recorremos la calle San Fernando y nos paramos frente a la fuente de la Puerta de Jerez. Mediante patadas en el suelo, mi abuelo nos explica que el subsuelo está hueco. Según él, por las obras del metro. Ni idea.

Nos dirigimos a la Torre del Oro y, siguiendo el río, nos bajamos en el Muelle de la Sal. No había nadie a media mañana y el lugar estaba en un estado ruinoso. Casi tanto como, en la otra margen, el muro de contención de la calle Betis.

Mi abuelo se sienta en unos escalones, hoy reformados. Mientras, mi hermana y yo nos sentimos fascinados por la majestuosidad del Guadalquivir, así como por el Puente de Triana –o Isabel II, si somos correctos–. Una fascinación que se repetía cada vez que nos llevaban allí.

Nuestro abuelo nos advierte sobre los peligros de acercarse demasiado al río pero, como de costumbre, solo tengo ojos para su cauce. Me pregunto de dónde proviene el agua y si se mueve de izquierda a derecha, o al revés. Busco peces con la mirada mientras fantaseo con nadar hacia Triana.

Es seguro que mi abuelo no sabía que estaba creando un momento feliz o, al menos, curioso de mi infancia. Él se limitaba a evitar que jugáramos con el agua y a observar, desde lejos, el barrio en cuya vega nació y se crio. Tenía una mirada extraña que no supe identificar. Hoy sé, o creo saber, que su mirada era de nostalgia.

Tras observar a mi abuelo por un momento, giro la cabeza y me fijo en el muro de contención de la calle Betis. Entonces, igual que hoy, la pared se dividía en rectángulos blancos separados por una suerte de pilares de color mostaza –aunque no estoy seguro de si son pilares o si se les debe denominar de otra manera, la verdad–.

Cada rectángulo contenía entonces una letra furtiva que, en conjunto, formaban dos palabras que ya hoy permanecen ocultas tras una capa de pintura. Entre las dos palabras, una bandera. Siempre habían estado ahí, pero en aquel momento ya sabía leerlas. Inconsciente de su significado, leo en voz alta: “SAHARA LIBRE”.

Un ruido me devuelve a la habitación. Sigo sudando. Me libero de la prisión de la penumbra y me dirijo a la cocina para picar algo. Mis pensamientos tornan en ardillas, y mi mente en un bosque denso en el momento del crepúsculo.

Me da por pensar que todo es efímero. Aquel recuerdo durará lo que duremos este texto y yo –mi hermana no se acuerda–. Las personas que menciono son perecederas y, de hecho, mi abuelo hace ya tiempo que falleció. Tanto mi hermana como yo lo seguiremos algún día. También los problemas vienen y van. sin embargo, los males sociales no desaparecen hasta que se esfuman los intereses de los que los provocan. Quizá, por eso, hay males que parecen eternos.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO ESCOBAR
  • 23.6.22
Estimados miembros de la izquierda aristocrática:

Soy consciente de que son días difíciles para vosotros. Sin embargo, ahora que os han mandado “al rincón de pensar” –palabrita de Teresa–, es momento de que reflexionéis y hagáis autocrítica. Habéis perdido el Sur, no perdáis el Norte: los ciudadanos buscan buenos gestores, no luchas épicas contra fascismos o comunismos, ni salvadores de la Patria. Volved a la sensatez de la centralidad.


Como bien sabéis, ‘aristocracia’ viene del griego ‘ἀριστοκρατία’ y significa algo así como ‘gobierno de los mejores’. Porque ese es parte del problema: desde vuestra torre de marfil, consideráis que debéis pensar, actuar y gobernar sobre los ‘peores’. Y ahí os perdéis.

Copa de vino en mano, a algunos miembros (y miembras, miembres, miembris o miembrus) de vuestra aristocracia les place dirimirse en discusiones bizantinas. Revolucionarios de salón. El peor delito para vosotros: hacer el juego a la derechona. Porque los trapos sucios se debaten en casa entre copa y copa.

Después estáis los de esa izquierda populista, que no popular, que se enorgullece de estar escorada hacia el extremo. Compartís el mismo afán ilustrado de los primeros –todo por el pueblo, sin el pueblo–, y os dividís en las mismas camarillas.

Sin embargo, preferís sustituir la copa de vino por la litrona, y os gusta haceros ver entre el vulgo al que decís pertenecer. O somos de los vuestros, o somos de los otros: fachas o herejes que le hacen el juego a la derechona... Pregúntenle a Errejón y a Teresa Rodríguez, de los pocos que aún conservan cierta dignidad entre vosotros.

Os confieso que no sé qué fue de aquella izquierda que ilusionó a la España de la Transición y que gobernó Andalucía casi cuarenta años, hasta el punto de convertirse en una caricatura de sí misma. Tampoco de aquella alternativa que salió del 15M y que tanto me ilusionó en su día. Esta no es nuestra izquierda.

La culpa es siempre de otro: la herencia recibida, Susana Díaz, la pandemia, Franco, la “guerra de Putin”, Ayuso, los medios de comunicación, la derechona, Europa, Argelia… Ya no sabéis qué hacer o qué decir por no aceptar que el sanchismo ha sido veneno en la izquierda española. Y en Andalucía se ha visto mejor que en ningún otro sitio.

Ya que no sois capaces de llegar a esa conclusión por vosotros mismos, os digo que me parece una indecencia debatir sobre el sexo de los ángeles mientras que la gasolina supera los dos euros por litro, la inflación está desbocada, la electricidad se convierte en un lujo y se manipulan las estadísticas para que una reforma laboral estética parezca buena.

Hace tiempo que los espacios culturales dejaron de ser lugares de debate para convertirse en áreas de recreación ideológica. El auténtico debate en la izquierda hace tiempo que está muerto porque nadie se atreve a que lo clasifiquen de ‘facha’ o ‘hereje’.

Defender la igualdad no es defender que unos sean más iguales que otros. La igualdad es justicia social entre ciudadanos, sin depender de cómo te sientas, lo que te cuelgue o no entre las piernas o el terruño en el que hayas nacido.

Los feminismos y los debates sobre identidad y género son necesarios y deben ser plurales. Sin embargo, son cuestiones ideológicas que deben salpimentar una propuesta económica progresista. No hay justicia social posible sin una economía saneada.

Los impuestos son necesarios para el mantenimiento del Estado del Bienestar. Sin embargo, no sé qué tiene que ver con el bienestar el hecho de que cada vez que hay que aprobar una medida de calado, a los ciudadanos nos cuesta un nuevo concepto presupuestario en favor de los supremacistas que denominan a los andaluces ‘basura blanca’, ‘paletos’ y ‘vagos’.

Una población formada –tanto en contenidos como en pensamiento crítico– es una población que se enriquece y que enriquece. Una población sana vive más años, trabaja más, paga más impuestos. La educación y la salud son inversiones de futuro, no gastos.

La política económica de los partidos progresistas no puede reducirse a aumentar el ‘gasto’ público y subirle los impuestos a los ‘ricos’, malos, malísimos. El hecho es que al sector primario no le compensa producir, ni al transportista transportar. La realidad es siempre más compleja.

En el equilibrio entre inversión y recaudación se sustenta el Estado del Bienestar, y no en el gasto electoralista según cómo sople el viento. Mientras escribo estas líneas, vuestro Kennedy español anuncia nuevas medidas económicas. Ahora. Y todas inútiles, porque no son parte de un plan, sino parches temporales pagados con dinero ajeno.

Los andaluces os han demostrado que no son amigos de autoritarismos. Vox, el sanchismo y los andalucismos perdidos –no por andalucistas, sino por su mal enfoque– se han ido ‘al carrer’.

Sí, lo sé. Somos demasiado lerdos como para deciros lo que tenéis que hacer. ¿Cómo nos atrevemos a deciros lo que tenéis que hacer? No estamos a vuestra altura intelectual y, por eso, el populacho no elige a los vuestros. Manipulados todos…

Sin embargo, tendréis que admitirme una cosa. Por muy guapo que Pedrito salga en las fotos, y por muy inclusivos que sea vuestro uso del idioma, no tenéis un plan de futuro ni para España ni para Andalucía.

Si queremos que la izquierda vuelva a tener la fuerza de antaño, necesitamos un plan económico progresista, realista y libre de medidas electoralistas. El corto plazo debe dejarse a un lado en favor de medidas con impacto en el futuro. Las discusiones bizantinas deben dejarse al margen para centrarnos en lo que nos une: la lucha contra la injusticia social.

Con la certeza de que mis palabras caerán en saco roto, os mando un cálido saludo en momentos tan inciertos.

Atentamente,

RAFAEL SOTO
  • 9.6.22
Entiendo a esos indecisos o, incluso, votantes de izquierdas de toda la vida que se plantean votar a Vox en las próximas elecciones en Andalucía. Es más, el mayor defecto de los ‘progres’ es su incapacidad para empatizar con ellos. Sin embargo, quisiera decir a esas personas que Vox está lejos de ser la solución a los males de la sociedad andaluza.


Vox, al igual que el sanchismo y la sopa de letras podemita, es un movimiento populista que pretende acabar lo que el Gobierno más ‘progre’ de la Historia de España agravó “a velocidad de crucero”: el desgaste de las instituciones democráticas, incluyendo a la prensa.

Que Macarena Olona sea andaluza de Alicante es el más pueril de los argumentos. Vox toma los mismos planteamientos que los ‘progresistas’ y los revierte a su gusto. Solo hay que leer el siguiente párrafo, extraído de su Agenda España:

Las sociedades occidentales están amenazadas por un totalitarismo global promocionado por grandes fortunas, el consenso progre de las élites; y apoyado por las fuerzas de choque de la extrema izquierda. El resultado es la indefensión de los españoles y sus familias ante el rodillo de una agenda totalitaria que amenaza gravemente las libertades.

Si le cambiáramos las palabras ‘progre’ por ‘facha’ y ‘extrema izquierda’ por ‘extrema derecha’, este párrafo podría ser firmado por el Kennedy español o por la ‘ministre’ de Igualdad. Porque son lo mismo desde el extremo opuesto.

Hay quien cree que la solución se encuentra en votar a personas “que hablan claro” frente a la lenta y decidida descomposición del Estado, la ausencia de políticas económicas serias, y una corrupción que no entiende de colores.

Sin embargo, no nos perdamos. Estamos hablando de un partido político que tiene entre sus propuestas acabar con la Radio y Televisión de Andalucía (RTVA). Es más, Vox no ha dedicado a Andalucía ni un mísero programa electoral. Se trata de una posición política que está en contra de la autonomía de Andalucía, en vez de defender nuestro modelo frente a los excesos de vascos y catalanes. Estamos hablando del nacionalismo español más cerril.

Cerril y cobarde, puesto que se exponen lo justo ante la Opinión Pública. Son escasas las entrevistas a miembros de este partido tanto en Andalucía como en España. Porque a los que “hablan claro” no les gustan las entrevistas ante profesionales de la información.

Al igual que ha ocurrido en otros países, el populismo busca desgastar las instituciones para, al final, ponerlas a su servicio o extinguirlas con causa justificada. Esta cuestión ya ha sido estudiada por numerosos sociólogos y politólogos, y no vamos a insistir en ello.

Son elecciones autonómicas y, sin embargo, los andaluces votarán en su mayoría en clave nacional. El sanchismo muestra signos de agotamiento y, en pleno cambio de tendencia, Vox y PP se han crecido. Mientras, Ciudadanos mendiga unos escaños al amparo del Partido Popular y las izquierdas populistas aspiran a sobrevivir a sí mismas.

La mayoría de los votantes andaluces son defensores de lo público –desde la exigencia de una gestión responsable, que no la habido durante años–, autonomistas convencidos y españoles sin complejos ni conflictos de identidad. Sí, es cierto, muchos estamos desencantados y renegamos de los partidos tradicionales. Sin embargo, los movimientos populistas están lejos de ser una solución.

Si queremos combatir estos extremos, la solución es defender las instituciones. Debemos exigir una prensa libre, con calidad y con observancia de los mínimos deontológicos. La corrupción debe combatirse con ahínco y el poder judicial debe ser, al fin, independiente. Necesidades incompatibles con la esencia del régimen partitocrático del 78.

Esa defensa de las instituciones debe empezar en Andalucía, si es que pretendemos ‘reconquistar’ España, como fomenta Vox en su propaganda. Tanto Vox como el sanchismo y los movimientos populistas de pseudoizquierda no son más que la degeneración del sistema. Pongámosles un alto.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO
  • 12.5.22
En el marketing político, las sensaciones son más importantes que los hechos. Por tanto, en un momento en el que los partidos son poco menos que marcas, las sensaciones son relevantes para el análisis político.


El sanchismo ha mandado a Paz Esteban al carrer con unos argumentos poco sólidos, tirando a miserables. “Sustituida”, que no “destituida”. Los supremacistas catalanes necesitaban una cabeza a la que escupir y el Gobierno se la ha ofrendado con un ramo de flores. ¿Sensaciones?

No somos pocos los que tenemos la sensación de que ya no solo la salud pública está al servicio de los partidos, sino que la propia seguridad nacional también. Hay quien todavía no se ha enterado de que el Régimen del 78 es una partitocracia…

Y mientras el presidente del Gobierno suma un cadáver más en el campo de malvas de Moncloa, Alberto Núñez Feijóo triunfa como Los Chunguitos en su gira de verano en el Cercle d’Economia de Barcelona. Sensación fea, tirando a calcetín sucio remendado.

La extrema derecha va camino de un nuevo resultado histórico en Andalucía mientras que parte de las autodenominadas “izquierdas andalucistas” vuelven a hacer el ridículo. Otra vez. Mientras, Adelante Andalucía y Andaluces Levantaos van a lo suyo.

Corazón en mano, soy incapaz de percibir la más mínima diferencia relevante entre todas las taifas andalucistas más allá de personalismos y ambiciones varias. Otra sensación que, estoy convencido, percibe parte de la ciudadanía. Es difícil tomarlas en serio.

Las derechas ascienden, las pseudoizquierdas implosionan. Sánchez se aplica su manual de supervivencia. Una población cansada de vivir tantos hechos interesantes va a volver a ser movilizada en una cruzada entre buenos y malos. Sensación generalizada de agotamiento.

Y la impresión que yo tengo, desde las Elecciones a la Junta de Castilla y León (lo comentamos aquí), es que se cuece un cambio de rumbo. Que muchos socialistas empiezan a cansarse del Kennedy español. Sánchez ha hecho suyo el principio maquiavélico de que es mejor ser temido que amado. Ni es el primero, ni es el único entregado al innoble arte del amedrentamiento. Sin embargo, quizá, haya a quien le dé por pensar que puede haber otro matarife más misericordioso y menos quemado. La cuestión es cuándo.

Observemos la evolución de las elecciones andaluzas y sus consecuencias, con la esperanza de no ser los siguientes en pasar por el matadero.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO
  • 28.4.22
Hoy es jueves 54 de abril. Desconozco el santoral correspondiente. Todo es tan aleatorio en los tiempos que corren... Y, sin embargo, mis miedos se reducen a que mañana, en la tierra de la piel de toro, sea 53 de abril.


Mi Betis ha ganado la Copa del Rey –una alegría, al fin–. Andalucía adelanta elecciones entre Guatemala, Guatepeor y unos andalucistas con demasiado norte en la cabeza. Los corruptos vuelven a ser presuntos y, en el mundo, la gente sigue matándose entre sí.

Dicen que la luz va a bajar, aunque por un año. Que no nos emocionemos. ¿Transición energética? Salvo lo del Betis, nada nuevo. Vuelva usted mañana.

No salimos del Régimen del 78, ni muchos son conscientes de vivir en el mismo. Es cierto, no se trata de una dictadura, ni tampoco son tiempos de violencia física en la piel de toro. Aunque hay otro tipo de imposiciones, así como intimidaciones más sutiles.

En tiempos de auténtica dictadura y brutalidad, Blas de Otero escribió su poema 15 de abril: “La primavera ha venido / y se ha ido”. Yo me pregunto hoy, 54 de abril, si estamos en invierno o si, sufridos del cambio climático, confundimos ya las estaciones y los días.

Un 50 de abril cualquiera vio a todos los partidos políticos defender quién había robado menos. Presuntamente, por supuesto, aunque esta palabreja atente contra el buen estilo. Porque da igual la estación del año en la que nos encontremos: el estilo se refina para el latrocinio y el embaucamiento del inerme. Poco más. Quizá, para mañana.

Hemos vivido una crisis económica, un 15M, cambios de gobierno, actos terroristas, sentencias varias, desastres naturales, austericidas, demagogos, “golpes al Estado” –palabrita de lengua viperina–, pandemias y, ahora, una guerra desde lejos... Y hoy, 54 de abril, seguimos necesitando atentar contra el buen estilo, con miedo al mañana.

El sucesor del sucesor del dictador continúa viviendo del Estado, como en aquel 15 de abril. Aunque con la indumentaria propia de esta estación, claro está. Los supuestos defensores de la igualdad se inventan nuevos falsos debates con los que recalcar sus diferencias, mientras que los buenos gestores se proponen, como solución al desgobierno del país, venderlo al mejor postor.

Hay que decir que el Régimen ha heredado del Franquismo ideas extrañas. La república, de izquierdas e indepes. La defensa de su Estado, de derechas. Los supremacistas vascos y catalanes, progresistas de pro. Si el sanchismo son juegos de artificio, ¿será el feijóoismo un incendio controlado? Ya se verá mañana.

Contradicciones insalvables: contra las ideas, partidos de Estado; los puros, partidarios de la depuración; el fraude, pecado del semejante; la presunción, patrimonio de todos. Eso sí, al final, los ricos más ricos y los pobres más pobres. Vuelva usted mañana.

Es 54 de abril y, sin proyectos ni futuro, veo que la primavera queda lejos, bien lejos... Y, así, mis miedos se reducen a que mañana, en la tierra de la piel de toro, sea 53 de abril.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO
  • 31.3.22
La tarde está nublada y me duelen la cabeza y los ojos. Una migraña de cojones. Estoy en uno de esos días de mierda en los que te preguntas para qué demonios te levantas de la cama. Tengo una cita médica importante y dejo el trabajo sobre las cuatro de la tarde.


Antes de salir, me entero de que Rusia ha anunciado que reducirá su actividad militar en el norte de Ucrania. Pienso en Chernígov y en la masacre, al sur, de Mariúpol. Pienso en los refugiados ucranianos. Pienso en esos jóvenes soldados rusos, lisiados por la guerra, que recibieron una medalla de su Gobierno. Pienso que todo esto es una jodienda de cuidado.

Cojo el autobús y me dirijo a la consulta con la esperanza de que no haya mucho retraso. Allí me entero de que, por un error administrativo, una chica se quedó sin su cita. Como la sala está ya vacía, la pobre mujer me cuenta sus penas y me pide entrar para pedirle al médico que la atienda. No encuentro inconvenientes a su petición.

Me llaman para entrar y dejo pasar a la chica. Cuando sale, me indica que el doctor la atenderá después de verme a mí. Buena señal. En efecto, para mi sorpresa, el doctor no es un capullo arrogante como los que me suelo encontrar. Es un latino joven, simpático y que no duda en responderme a todas mis preguntas. Salgo satisfecho de la consulta.

Me dirijo a una farmacia cercana para adquirir los medicamentos prescritos. De camino, observo un nuevo negocio cerrado al que había ido alguna vez. Miseria por doquier. Me sigue doliendo la cabeza. Llego al establecimiento y, mientras espero a que me atiendan, aparece una señora que me pide la vez.

Se va la persona que tenía delante y, antes de atenderme, la señora que estaba detrás de mí pregunta desde lejos a la farmacéutica si ya estaba su medicación. Ella le responde que tiene que verlo. Aparece otro farmacéutico detrás del mostrador y le atiende.

Esta mujer despierta mi curiosidad. Se trata de una chica bajita y con gafas, de mediana edad. En especial, me sorprende la manera en que le responden. La conocen y la tratan con cierto punto de infantilismo.

La mujer es agradable y habla mucho. Hasta me incluye en la conversación. Yo noto algo raro en su forma de hablar. Parecía medio dormida, drogada o algo. Le indican que todavía no le toca la medicación. Ella dice que no sabe qué hacer, si ir al médico de urgencia o quedarse en casa. Se queja de que estaba fatal con “las voces”.

Todo cuadraba. Era una paciente de salud mental. Me sorprendió la naturalidad con la que nos hablaba de su problema. ¿Quién va al médico para esperar no sé cuántas horas y, quizá, volverse con las manos vacías? Y eso si no la trataban mal. Los farmacéuticos la escuchan y le aconsejan.

A pesar del interés que me despierta el tema, he pagado y no encuentro motivos para permanecer en la farmacia. Tampoco tengo conocimientos para asesorarla, ni soy quién. Me despido sabiéndola en buenas manos y salgo del establecimiento. Voy a la parada del autobús para volver al trabajo, mientras que reflexiono sobre lo que había escuchado.

Sin lugar a dudas, la salud mental es la hermana pobre de la sanidad pública. Un sistema público de salud que está hecho una mierda. Íñigo Errejón, el único político que me genera cierto respeto en el Congreso, reconoció allí mismo que había necesitado de atención especializada y solicitó que aumentara el número de psicólogos y psiquiatras en la Sanidad Pública. Durante la intervención, un diputado de dudosa capacidad intelectual le gritó que se fuera al médico de manera despectiva.

Ya en el autobús, logro sentarme en un asiento cómodo. Miro el móvil y, entre las noticias, me encuentro un texto de 'El País' sobre las novedades educativas. Me horroriza pensar en lo que le han hecho a la Filosofía, así como el imparable descenso del nivel educativo.

La enseñanza pública va a perder todavía más calidad, si cabe. Un servicio impagable a la privada, que gozará de aquellos alumnos cuyos padres puedan y quieran permitirse una educación más esmerada. Por otro lado, me incomoda comprobar el marcado carácter adoctrinador que tendrán las aulas en los próximos años. Incultos, sí, pero ‘progres’ muy ‘progres’.

Veo un futuro muy negro para todas, todes, todis, todos y todus. Negro tirando a rojiblanco porque, como bien escribió Roger Wolfe en su Glosa a Celaya, “La poesía / es un arma / cargada de futuro. / Y el futuro / es del Banco / de Santander”.

Miro a mi alrededor. Me vienen a la cabeza los hechos de Ucrania, lo que he vivido esa tarde y otras miserias con las que no deseo aburrir. Lo cierto es que no puedo evitar un profundo sentimiento de asco por la humanidad. El dolor de cabeza me produce fatiga.

Sin embargo, echo un rápido vistazo a las personas que comparten ese autobús conmigo. El asco se disipa y me viene una sensación de hermandad y solidaridad hacia ellos. “Estamos jodidos todos”, pensé.

Quizá, compartir la misma mierda sea lo que una a las personas. O, quizá, el dolor de cabeza me hace pensar en gilipolleces. Cierro los ojos con fuerza y hago el intento de controlar la respiración. Con suerte, quizá logre que se disipe el dolor. Aunque solo sea un poco.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO
  • 17.3.22
En septiembre de 1944, Albert Camus defendió en la publicación Le Combat la necesidad de plantear una conciliación entre la libertad y la justicia social, de modo que la vida fuera libre para cada uno y justa para todos. Una necesidad que hoy cobra plena vigencia. Con todos sus defectos y sus virtudes, la renovación de la Unión Europea es la última oportunidad realista para satisfacer esa necesidad. Hemos perdido tantas ocasiones...


Más allá de la inevitable factura económica y social, aprovechar este instante requerirá la determinación de todos para asumir a diario tres intangibles imposibles en los cínicos tiempos de la Posmodernidad: fe en las personas, valentía para desechar las trincheras y, sobre todo, generosidad para una convivencia duradera.

En pocos años hemos vivido una tormenta que parece no querer cesar: la crisis de 2008, la pandemia de la covid-19, desastres naturales localizados... Una crisis detrás de otra que no sabemos orientar en nuestro beneficio como sociedad. Una matrioshka que no deja de ofrecer más muñecas rusas multicolor.

EE.UU. se quita del medio: estamos solos. Muchos toman conciencia de que no viven en un mundo ajeno a la guerra. Su seguridad depende de la misma pandilla de mediocres irresponsables que gestionaron las crisis anteriores. La inflación se desboca. Se producen dificultades para acceder a ciertos productos. La imagen de la bomba nuclear aterra a las almas y conmueve el continente. La invasión de Ucrania lleva la angustia individual y social a un estadio superior.

Las prioridades del individuo siguen descendiendo en la pirámide de Maslow. Ya no hablamos de autorrealización, de trabajo o salud, sino de supervivencia global. Todo es posible en este mundo inestable. Si bien, esta última afirmación también puede aplicarse en lo que puede ser beneficioso.

Si las bombas nos lo permiten, y debemos de pensar que sí, tenemos una última oportunidad. No hay que ser iluso: no hay espacio para la utopía. Ahora, más que nunca, estamos en conciencia y posición para recorrer el sendero que nos lleve a la soberanía europea, la transición energética, al Estado del Bienestar y a un nuevo contrato social.

Sí, es cierto. Volvemos a debates propios de la Posguerra. No hay alternativa al capitalismo, buena parte del Periodismo está podrida, y no nos espera un camino fácil. Sin embargo, es más necesario que nunca tomar conciencia de que el tribalismo identitario, el narcisismo grupal y sus males solo pueden conducir al desastre.

Es esencial definir y defender unos valores que refuercen a la Unión, así como desarrollar el concepto de ‘soberanía europea’ –la denominada ‘brújula europea’ (Strategic compass) puede ser un buen punto de partida–. No es razonable basar las relaciones entre socios europeos en las dependencias económicas o en una cultura judeocristiana que ya nos parece apolillada. La reunión de Versalles bien puede convertirse en un hito fundacional para esa nueva Europa.

De la transición ecológica, ¿qué se puede decir? ¿Acaso es debatible la necesidad de romper las dependencias energéticas con Rusia? A estas alturas, ¿alguien está en posición de defender el uso de las denominadas ‘energías fósiles’ en el largo plazo?

Tampoco podemos permitirnos el mantenimiento del discurso de la recuperación. Cualquier análisis serio puede demostrar que se trata de una idea conservadora con disfraz progresista. Pongo en duda que sea deseable un retorno al mundo anterior a 2008. Tenemos una última oportunidad para ofrecer un discurso progresista y creativo que redefina y consolide el Estado del Bienestar.

Tenemos una última ocasión para acercarnos a esa libertad para cada cual, y a esa justicia para todos, que Camus defendió en la Posguerra. Y si no es posible, que al menos nos quede la buena conciencia de haberlo intentado.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO
  • 3.3.22
Un matrimonio de británicos, Eric Arthur Blair y Eileen Maud Blair, dejaron todo atrás para presentarse en España en 1936. Su misión era combatir el fascismo. El de verdad. Ellos sabían que aquel conflicto era especial y su compromiso social les impedía mirar hacia otro lado.


Eileen se quedó en la retaguardia catalana, trabajando en gestiones administrativas. Por su parte, tras un precario proceso de instrucción en el barcelonés cuartel Lenin, el cabo Blair fue enviado a luchar en 1937. De acuerdo con su relato, solo le temía al frío. Lo mandaron a Aragón.

“En la guerra de trincheras hay cinco cosas importantes: la leña, la comida, el tabaco, las velas y el enemigo. En invierno, en el frente de Zaragoza, eran importantes en ese orden”, recordaría Eric Arthur Blair. Cuando el buen hombre llegó al frente se sintió algo desolado. El enemigo estaba lejos, ellos mismos estaban aburridos y casi que temía más a las balas perdidas de sus desentrenados camaradas que a los proyectiles que el enemigo les pudiera lanzar a distancia. “¿Cómo íbamos a ganar la guerra con un ejército así?”, se lamentaba.

En los permisos, se encuentra otra guerra en la retaguardia. Esta vez, entre las diferentes facciones republicanas. Perplejo, le tocó defender espacios contra sus propios compañeros de armas: “[...] todos estaban hartos de aquella lucha absurda que estaba claro que no conduciría a ninguna parte, porque nadie quería correr el riesgo de que se convirtiese en una guerra civil a gran escala que podría suponer perder la guerra contra Franco”.

En realidad, con seguridad, solo admite haber matado a una persona en un cuerpo a cuerpo. A distancia o sin seguridad plena, puede que a alguna más. Suficiente acción. En el frente, un tiro en el cuello que por poco se lo lleva por delante acabó con sus ansias de luchar. Eso, y el ambiente político de Barcelona por aquellas fechas.

Logró volver al hotel donde se alojaba su esposa, deseoso de un cálido recibimiento, descanso y alimento reparador: “¡Que te vayas de aquí ahora mismo! [...] ¡No te quedes ahí pasmado!”, le susurró Eileen al oído “con una sonrisa dedicada al resto de la gente”.

Resulta que aquel hombre que volvía herido del frente estaba siendo perseguido, y con saña, por la misma república que estaba defendiendo armas en mano. Tenía que huir. Su vinculación con organizaciones trotskistas –aunque no compartiera sus ideas como tal–, lo hizo objeto de investigación y persecución por el Gobierno. Tras varias noches durmiendo en iglesias y espacios abandonados, pudo salir de España en tren. Por los pelos, porque hoy sabemos que no los pillaron a ambos por cuestión de horas.

Eric quedó impresionado por toda aquella aventura. Era pesimista con respecto a España. Antes de que concluyera el conflicto afirmó que el país estaba condenado a una dictadura, fuera de un extremo o del otro. Una afirmación similar a la de Chaves Nogales, algo más adelante.

Estas reflexiones y hechos los dejó escritos en su obra Homenaje a Cataluña, así como algunos desmentidos a las falsedades que tanto la prensa conservadora como, sobre todo, la prensa de extrema izquierda –vinculada con el estalinismo–, habían difundido sobre el conflicto. Una obra fundamental que, sin embargo, tuvo muchas dificultades para publicar. Eric era un hereje en tiempos de ortodoxia estalinista. Sin embargo, su obra sería publicada con el paso del tiempo, así como el pseudónimo por el que sería conocido: George Orwell.

Hace unos días que nos levantamos con la noticia de la llegada de voluntarios a suelo ucraniano. Tres mil euros por barba como recompensa por su participación en una guerra que, otra vez, resulta no ser como las demás. ¿Qué habría hecho Orwell si hubiera vivido el conflicto ucraniano? Es un pensamiento seductor. Historia ficción.

Hoy no es como entonces, desde luego, ni tampoco es un conflicto civil. En cualquier caso, lo que encontramos con seguridad son corresponsales de guerra jugándose el pellejo para ofrecernos información de lo que está ocurriendo. Con el tiempo, estaremos en posición de determinar si hemos sobrevalorado el conflicto, así como de valorar el periodismo que se está ejerciendo.

Estamos siendo testigos y/u observadores lejanos de actos bárbaros. Hechos que, como ocurre en todos los conflictos, nos hacen preguntarnos por lo miserable de la condición humana. Sin embargo, también estamos viendo a ucranianos que vuelven a su país para luchar o reunirse con los suyos. La solidaridad internacional se ha activado con fuerza y la camaradería entre compatriotas de diferente signo es un hecho indiscutible.

Vale la pena volver a Orwell, que nunca se arrepintió de su estancia. Es más, concluyó: “Esta guerra, en la que desempeñé un papel tan irrelevante, me ha dejado sobre todo malos recuerdos, y sin embargo no me hubiera gustado perdérmela. Cuando se asiste a un desastre semejante [...], no hay por qué acabar sumido en la desilusión y el cinismo. Es curioso, pero estas vivencias no han disminuido sino aumentado mi fe en la decencia del ser humano”.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO
  • 17.2.22
La política española cansa y, en no pocas ocasiones, resulta demasiado tediosa y frustrante como para prestarle atención. Sin embargo, el resultado de las pasadas elecciones autonómicas en Castilla y León merecen una reflexión. Y un posicionamiento también, puesto que nos encontramos ante un sutil cambio de tendencia.


Convivimos con el desastre. Aunque jamás lo admitirá el Gobierno, el sistema público de salud ha colapsado y solo ahora empieza a recuperarse. En medio de una nueva guerra fría, con desastres económicos cotidianos y récords inflacionistas diarios, un pequeño acontecimiento como las elecciones castellanoleonesas parece intrascendente. Y puede que lo sea. Sin embargo, siento que algo ha cambiado: la ortodoxia se resquebraja.

El sanchismo consiste en fuegos de artificio, vacíos ideológicos, ausencia de principios éticos y personalismo extremo. Tras crecer como un tumor en el frágil cuerpo socialista, se hizo con el partido y, con la ayuda de la extrema izquierda, polarizó a la sociedad española. Primer culpable del ascenso de la extrema derecha, el actual Partido Socialista fomentó el tribalismo identitario y una ortodoxia que, a la larga, consistió y consiste en la palabra de su líder supremo. Una palabra jamás condicionada por la hemeroteca.

Una avalancha de comicios electorales hizo necesaria una propaganda de agitación que alcanzó su cénit en las Elecciones a la Asamblea de Madrid. Sin embargo, no fueron pocos los madrileños que deseaban castigar al Kennedy español por su maltrato durante la pandemia.

Ese “Sánchez, Sánchez, Sánchez” que Ángel Gabilondo pronunció en el debate televisivo con el resto de candidatos fue su condena. Una pésima campaña electoral, así como su lealtad manifiesta al enemigo público número uno de un buen puñado de madrileños, hicieron que el PSOE pasara de ser la lista más votada a la tercera, superada por una Isabel Díaz Ayuso idolatrada –que no el Partido Popular, cuidado con ese detalle– e, incluso, un Más Madrid que no sabía de dónde le venía el maná.

Acabada la avalancha electoral, el sanchismo tuvo que enfriar los ánimos. Justificó la derrota electoral en Madrid con el ‘voto de los bares’, pueril argumento que no se sostiene en cuanto se empieza un análisis racional. Iván Redondo tuvo que hacer las maletas tras ejercer de presidente del Gobierno encubierto y, desde entonces, sin abandonar su aparente discurso radical, Pedro Sánchez ha enfriado la máquina para no sobrecalentarla.

Cualquier analista serio sabía que el PSOE no tenía nada que hacer en Castilla y León. Solo puede salvarlo un desencuentro entre PP y Vox que es imprevisible. Pero esa es otra historia. Vox ha mejorado resultados, como no podía ser de otra manera en un contexto tan polarizado. Por otro lado, las desigualdades territoriales propias del Régimen del 78 se han hecho más evidentes si cabe en los últimos años y hasta Soria reclama ya su lugar bajo el sol. Cualquier día de estos Sevilla pide la conversión en república independiente y, Triana, en estado libre asociado.

Bromas aparte, las elecciones andaluzas están en el horizonte y los planes ya se están definiendo. Sin embargo, hay una novedad. Óscar Puente, alcalde socialista de Valladolid, ha defendido que su partido apoye al Partido Popular para evitar que Vox acceda al poder en la Junta. ¿Una anécdota?

Sánchez esperaba hacer del pacto PP-Vox un argumento que le permitiera volver a blandir el arma ‘anti-fascista’ en futuros comicios. Bajo ninguna circunstancia permitiría que le quitaran ese argumento, y menos para una comunidad que daba por perdida antes de empezar la campaña. Ha salido del paso como ha podido.

Ahora bien, hay ya muestras de hartazgo con un líder que se deshace de barones como si de corbatas se trataran. Óscar Puente no tiene autoridad para mandar al líder ‘al carrer’. Sin embargo, el desgaste de gobernar en medio de una pandemia y las propias contradicciones de este gobierno están ahí.

En cuanto pasen unas semanas, quizá unos meses, el sanchismo retomará la propaganda de agitación. El tribalismo identitario volverá a verse en las redes, obligando a los progresistas a demostrar su progresismo mediante muestras de odio y desprecio al enemigo. Un enemigo que aprovechará para hacer lo propio, como ya lo lleva haciendo hasta ahora.

La poscensura y los mensajes de odio volverán a calentar el ambiente. La caza de herejes y la muestra orgullosa de banderas republicanas y/o arcoíris volverán a verse en los ‘social media’ como justo hace un año. Se blandirá el miedo a la ‘vuelta a los armarios’, el retorno del heteropatriarcado, la lucha contra el fascismo, entre otras majaderías por el estilo.

Sin embargo, las cosas han cambiado. La propaganda actuará sobre una población cansada y con una Yolanda Díaz en el retrovisor de la izquierda. Una líder que no es muy diferente a Sánchez, pero que sabe despertar esperanzas, que tiene a los sindicatos comiendo de su mano y que, tarde o temprano, se llevará cabezas progresistas por delante. ¿Cuánto tardará alguien en ver en el sanchismo una rémora? ¿Ocurrirá antes de que la derecha nos coma? ¿Tendremos que mantener la esperanza en el cainismo pepero?

La ortodoxia se resquebraja desde la izquierda, aunque tardaremos en ver las grietas. Los medios amigos se encargarán de taparlas, en cualquier caso. Cuanto más peligran los autoritarismos, más agresivos y cerrados se vuelven. Habrá que ver la reacción de los ‘renovadores de la democracia’ cuando aumenten las voces discordantes.

Me gustaría pensar que se hará desde la reflexión, y que se retornará tanto a las esencias ideológicas como a los límites éticos. Todo lo que no sea una vuelta al republicanismo y a la igualdad territorial está condenado a la contradicción. Se requiere de una reforma laboral de verdad que devuelva la dignidad a los trabajadores, la creación de empresas públicas que garanticen un suministro eléctrico asequible, y otras muchas medidas que nos conduzcan al Estado del Bienestar.

Sueño con que se pida perdón por los pactos con Bildu y con que se depuren responsabilidades por la gestión de la pandemia. Utopías todas que, sin embargo, me resultan irrenunciables.

Huele a cambio, aunque no tiene que ser para bien. Observemos si, en efecto, se produce un paulatino giro a la heterodoxia. Próxima parada: Andalucía. 2022 se le hará largo a más de uno por ambos lados de la carretera...

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO
  • 3.2.22
La señora está preocupada. Convive con una nieta con síntomas de covid y teme contagiarse. Por otro lado, le inquieta que se infecte la enfermera que suele desplazarse a su vivienda para seguirle el Sintrom, un anticoagulante cuya dosis varía según la evolución del paciente. No hay todavía un positivo. Por si acaso, pide a su hija que llame al ambulatorio para solicitar indicaciones.


Su hija le dice que no, que su nieta se encierra hasta que pudiera confirmar el positivo, y que nada le iba a pasar a la enfermera porque entrara un momento. Sin embargo, con buena fe, la señora insiste en que quiere que llame y pida indicaciones. La mujer obedece con desgana.

Por supuesto, el personal del ambulatorio le indica que debe de trasladarse hasta allí y, con resignación, la señora se arregla para salir. Tiene ochenta y un años y, aunque puede salir a la calle, tiene dificultades. No es conveniente que salga sola. Se dirige al centro sanitario del brazo de su hija y llega tras veinte o veinticinco minutos andando.

Madre e hija tienen que esperar su turno para ser atendidas. El ambulatorio funciona a pleno rendimiento, a pesar de la evidente falta de personal. Una insuficiencia que ya existía sin pandemia y que, ahora, quema y agota a los trabajadores sanitarios.

Es el turno de la señora. Su hija intenta explicar lo ocurrido a una enfermera que, a esas horas, ya había atendido a muchos pacientes y tomado muchas decisiones. La mujer esperaba, tras la explicación, que su madre fuera atendida y poder volver cuanto antes a su casa. Sin embargo, la enfermera toma una decisión sorprendente.

Con tono de reproche, como si hubiera detectado la trampa de un pícaro, le responde de malos modos que si su madre está para desplazarse al centro sanitario no necesita atención domiciliaria. Entre las protestas de la hija, la enfermera eleva la voz mientras se dirige a un compañero: “¡Ea, borra a esta señora de la lista que puede moverse perfectamente!”.

Las protestas de la hija no hicieron más que enfadar aún más a la enfermera que, con malos modos, mandó a que le hicieran el seguimiento a la señora y dio paso al siguiente paciente.

Situaciones como la relatada ocurren todos los días en los centros sanitarios. Resulta difícil ser comprensivo con trabajadores con este comportamiento. Sin embargo, lo cierto es que la situación sociosanitaria y la falta de personal están empeorando todavía más, si cabe, la atención primaria –no entramos ya en las listas de espera para especialistas, operaciones quirúrgicas, etc.–. Están quemados.

La sanidad privada se está nutriendo del descontento y la ineficiencia del sistema sanitario. Incluso hay lista de espera para algunos especialistas –siempre menores que en la pública–. Sin embargo, no olvidemos la trampa: la sanidad privada hay que pagarla.

Si tienes buena salud y eres joven, quizá tengas posibilidad de un seguro. Sin embargo, si eres una persona mayor o tienes alguna enfermedad crónica, discapacidad, etc., es probable que las aseguradoras te nieguen la cobertura. Un hecho que obliga al pago directo del servicio, encareciendo todavía más el acceso al tratamiento médico.

Como bien señala la jurista María del Val Bolívar: “Ante la existencia de un riesgo, la no cobertura de un tratamiento o procedimiento médico por el sistema de salud público no es extraño que las personas utilicen los medios de los que disponen para reducirlo, en este caso, los seguros de salud privados. Sin embargo, actualmente no todas las personas pueden acceder a un seguro de salud privado por razón de discapacidad. Esta situación ha sido denunciada tanto en instancias nacionales como internacionales y se ha tratado de corregir en textos como la CDPD [Convención Internacional sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad] y la Agenda 2030”.

Por tanto, la sanidad privada no es una alternativa real a los servicios públicos. Sin embargo, yo no culpo a las aseguradoras. La auténtica aberración es la causa de que muchos ciudadanos se vean obligados a recurrir a este sistema alternativo: una sanidad ineficiente y sin recursos.

La devolución de las competencias sanitarias al Estado para una gestión centralizada de las mismas sería un paso importante, así como una mayor inversión. Medidas tan necesarias y urgentes como utópicas en nuestro contexto. Por muchas razones, no interesa. Quizá porque, para quienes deciden a dónde se dirige el dinero, no somos una opción. Es más, puede que hasta les sobremos.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

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