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  • 15.3.20
En estas fechas resulta muy difícil abordar cualquier cuestión al margen del coronavirus, ya que queda en la insignificancia ante la situación de Estado de alarma en el que nos encontramos por la pandemia que se ha extendido en apenas poco tiempo. Por otro lado, las noticias se superponen de modo que lo que aconteció hace un par de días parecen envejecidas por el ritmo acelerado y, casi incontrolado, con el que nos llegan.



De este modo, y como los artículos que aparecen en este diario digital los escribo con cierta antelación, la temática del que tenía preparado les podría resultar significativo, en un tiempo de normalidad, a los lectores y lectoras que habitualmente me siguen; sin embargo, ahora creo que su interés se reduce considerablemente, dado que trataba de un hecho histórico, ¡nada menos que de varios siglos atrás!

Creo, pues, mucho más adecuado tratar una cuestión relacionada con la crisis sanitaria y social que vivimos: cómo resolvemos el profesorado el cierre de las universidades a la docencia y cómo responde el alumnado a una situación que no se había conocido con anterioridad.

Hablaré desde mi perspectiva personal, puesto que como catedrático universitario me encuentro jubilado, aunque continúo ligado a la Universidad como profesor honorario. Es por ello que, junto a las investigaciones en las que participo, comparto clases con una profesora de mi Departamento, por lo que, de algún modo, puedo escribir con cierta solvencia acerca de las ideas, hábitos y actitudes de los jóvenes que realizan sus estudios en la Universidad española.

Así pues, quisiera explicar cómo abordé (abordamos) la suspensión de las clases que decretó el pasado día 13, viernes, la Junta de Andalucía y lo comunicó su presidente pasadas las 20.30 de la tarde.

Una hora antes de tener esta información, como profesor de la parte teórica de una asignatura (dado que la profesora titular desarrolla las prácticas), recibí un mail de B. C., delegada de la clase, en la que, entre otras cosas, nos decía: “Les escribo porque mis compañeros y yo, dada la situación de incertidumbre que estamos viviendo, nos estamos planteando si ir mañana viernes a clase, día 13 de marzo (…) Por nuestra salud y la del resto de personal universitario, creemos que no es conveniente seguir asistiendo ahora mismo (…) Nos gustaría saber cuál es su opinión al respecto, ya que sabemos que la asistencia es clave para completar la asignatura”.

Por los medios de comunicación ya se había informado de que los empleados de algunas empresas podrían realizar su actividad como teletrabajo y que en los centros superiores, en caso de suspensión de la docencia presencial, era factible realizarla on-line.

A la delegada le respondí inmediatamente indicándole que deberíamos esperar al pronunciamiento de la Junta de Andalucía, dado que las Comunidades tienen transferidas las competencias educativas. Le aclaré que, en el caso de que se suspendieran desde el propio viernes, lógicamente, teníamos que aceptarlo así; pero que para nosotros presentaba el gran inconveniente al no poder planificar la docencia on-line, puesto que estaríamos un mes sin clases (por experiencia, sé que los pocos días que, teóricamente, se abrirían las universidades no iban a evitar que el alumnado enlazara su ausencia con la Semana Santa).

Como finalmente se indicó que el cierre se llevaría a cabo a partir del lunes, día 16, le manifesté a la delegada que nos veríamos al día siguiente todo el mundo en el aula, dado que teníamos que planificar la docencia teórica y práctica para un mes, puesto que los días anteriores a la Semana Santa prácticamente iban a quedar en blanco. Le insistí en la necesidad de que todo el alumnado estuviera presenta, dado que ese viernes teníamos tres horas de teoría y tres de prácticas.

La respuesta de los estudiantes fue correcta, ya que se hicieron conscientes de que no podían estar un mes ‘con los brazos cruzados’. Se pudo, pues, aclarar todas las formas en que llevaríamos tanto la parte de la teoría como la correspondiente a las prácticas, al igual que todas las dudas que les surgían, por lo que al finalizar las clases no quedó, en principio, nada al azar. Las dudas personales que les pudieran ir surgiendo se las responderíamos a cada cual, ya que todo ello forma parte de la docencia on-line.

Desconozco cómo ha podido resolver este problema el resto de los compañeros, pues si uno no había imaginado que el cierre universitario podría darse de un día para otro se podría encontrar con el problema de que el alumnado en su asignatura se viera perdido una vez que llega la orden de cierre manera acelerada… tal como ahora estamos viviendo una realidad que nos sobrepasa.

AURELIANO SÁINZ


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